EL DIA DESPUÉS

Esta Pregunta se redacta un día después y se podría decir en ella: “Nada nuevo bajo el sol.”  Tal fue mi reacción cuando se me preguntó acerca de lo que vendría luego de las elecciones regionales de Venezuela.

Quise con ello destacar que la naturaleza y profundidad de mi pálpito miedoso de un final trágico de todo aquello no permitió hacerme ilusiones con tal evento electoral.  Peor aún, sentí que me aumentaba el pesar ante aquellas maniobras recíprocas de gobierno y oposición; uno, confiado en su constituyente a legitimar por la simple votación; y la otra, la oposición, entendiendo que, mal que bien, de todos modos, podría resultar la prueba electoral un plebiscito para echar del puesto de mando a Nicolás.

Dos visiones miopes, torpes, que se venían a sumar a la sinergia de oras muchas artimañas reciprocas, sin dejar de usar la palabra diálogo, que ha alcanzado el rango de un engañoso burladero.

Los intereses envueltos y confrontados, en realidad, son otros.  Lo que he llamado el enfrentamiento de las dos Venezuelas, está muy por encima de la capacidad y destreza de los actores políticos del presente, casi como dijera Winston Churchill “porque estamos en un tiempo de grandes acontecimientos para hombres pequeños”; naturalmente, eso dicho en el umbral infernal de la segunda guerra mundial, lo que obliga a cuidar las distancias.

Pero bien, aguardemos nuevas y peores apreciaciones del conflicto y dejemos que sean los hechos los que hablen, con la fatalidad que siempre suelen representar para la paz y la felicidad de los pueblos.

De momento, me dedico a reproducir un artículo que resulta hoy muy significativo, que publicara en fecha 13 de enero del año 2003, bajo el título de Lula y Chávez.  En este artículo de hoy, así reproducido, están radicadas mis aprehensiones de siempre, mi pálpito.  Veamos:

                                                         LULA Y CHAVEZ

“El poder es como un explosivo; o se maneja con cuidado, o estalla.” Enrique Tierno Galván

 Te vamos a permitir ser y llegar hasta cierto punto.  Una vez llegues ahí seremos nosotros los encargados de fijarte tus límites y alcances posibles.

Si te avienes a nuestros intereses y propósitos, si decides hacerte, si no instrumento de los mismos, al menos un aliado sobreentendido; si no los enjuicia, ni denuncia, ni reta, ni combate y te haces bien indiferente a lo que puedan significar, cuenta con nuestra aprobación y virtual estima.

Sería esa una manera de considerarte uno de los nuestros, alguien confiable que no turba nuestros provechos.

Eso sí, para el supuesto de que llegares a sentir remordimientos, o de algún modo desagrado, por la suerte de la generalidad de la nación, no se te ocurra señalarnos a nosotros, en nombre de alguna ideología o al amparo de ninguna ética, como autores posibles de desigualdades; jamás comente, incluso, nuestro egoísmo y nuestro frío silencio ante la tragedia de la pobreza de mayorías, pues nos veríamos en necesidad de sacrificarte y destruirte, precisamente en el propio sentir de esas masas irredentas que tanto te conmueven.

Nosotros tenemos el dominio absoluto de la información y sabemos manejarla, de tal manera, que imponemos las convicciones públicas, tanto como para hacerte despreciar por aquellos a quienes tú osares defender.

Ellos, los desharrapados, nos respetan a nosotros, porque somos más fuertes y contamos con un enjambre de defensores que acudirían en nuestra protección y defensa y tú, en cambio, con tus ideas de redistribución de ingresos y tus sensibilidades de justicia social no tienes ninguna posibilidad de ser oído siquiera.

Es ese una especie de catecismo para la actividad en la política del mundo en este presente tan válido y brillante en lo tecnológico y tan seco y duro en lo ético.

Las relaciones de poder han girado en el sentido peor, pues los acontecimientos sucedidos no son realmente como son, sino como se presenten y se diga que son.

En las sociedades, el condicionamiento del entendimiento público, así como las posibilidades de compensar y castigar, se han ido situando en manos de grupos poco tangibles, vaporosos, cuyos rostros no son conocidos, que se han agenciado medios sofisticados de dominio que les permiten determinar cómo deben ser las cosas, conforme a sus filosas conveniencias.

El hombre público habrá de ser robotizado a fin de mantener sobre él controles efectivos, aunque se le permita la apariencia del discurso propio y la ilusoria posibilidad de abanderarse con alegados valores y principios de la comunidad y hasta hacerse capaz de referencias al denominado “bien común”, que naturalmente sólo se ha de permitir como práctica de retórica social.

El nuevo orden de cosas reposa, desde luego, sobre otras consideraciones que nada tienen que ver con esas sensibleras cuestiones que tanto influyeran para determinar la historia relativamente reciente.

Muerta la ideología, lo más indicado habrá de ser someterse a los nuevos dictámenes del lucro, los rendimientos y la eficiencia.

Ahora bien, en América Latina esas peripecias del rediseño del poder político y del dominio es obvio que experimentan dificultades para domesticar las fuerzas sociales que se engendran del fenómeno combinado de la demografía y la pobreza.  En otras latitudes está ocurriendo lo mismo, en cuanto a la incomodidad de masas, que no terminan de ser controladas, cuyas reacciones se hacen cada día más activas y potentes.

Concentrándonos en el ámbito nuestro, las últimas escenas transmitidas del ascenso a la presidencia de Lula son reveladoras de excitantes cuestiones.

Lula lució impresionante en su hermoso discurso porque mostró una queda dignidad de viejo luchador por reivindicaciones sociales en el marco de la guerra fría, atrincherado entonces en convicciones severísimas del marxismo que resultaban temibles.

El Lula de hoy hizo un inteligente recuento de los distintos jalones de la historia política de su Brasil y observó cómo, no obstante, permaneció la pobreza durante todo el tiempo.  Era una fina y profunda manera de pasar cuenta a todos los que le adversaran y desoyeran, cuando no era posible atender a sus posiciones, por razones obvias.

Desde luego, hablaba hoy desde el pedestal de una posición política abrumadora, derivada de unas elecciones libérrimas (mecanismo del sistema) que no dejaron duda del querer del pueblo. 

Fue admirable la sinceridad de sus lágrimas y la noble convocatoria a todos los actores y agentes de su sociedad para acudir a una regeneración nacional, para cuya obtención invocó dramáticamente el hambre de 54 millones de sus hermanos y compatriotas.

Viendo y oyendo a Lula, al pasar las cámaras hacia Chávez y Fidel Castro, es natural que el pensamiento se internara en las interrogantes y en las inquietudes que pueden columbrarse en el horizonte de las realidades de los intereses.

¿Hasta cuándo conservará Lula la prodigiosa aura de elegido del pueblo?  ¿Cuándo comenzarán las exigencias de hacer en meses lo que no se pudo hacer en siglos?  ¿Se le dará sincero concurso?  ¿No se le obstruirá hasta hacerle frustrante?

El análisis a contraluz de Lula es más plausible con Chávez como fenómeno popular, que frente a Castro, porque éste emanó de una revolución, que no de elecciones, y su larga permanencia en el poder, luego de colapsar el campo socialista, lo deja en el mundo como una leyenda rezagada de los tiempos de la guerra fría y de las bregas ideológicas.  Esta es otra historia, obviamente.

Es con Chávez la comparación o la asimilación más lógica que de Lula se puede hacer, aún cuando se conserven las diferentes procedencias de ambos hombres, uno del proletariado, otro del cuartel, pero, ambos llegando a ser depositarios de la esperanza de sus pueblos consagradas en elecciones de innegable pureza. Lo destacable sigue siendo el fenómeno común de la fuente pública de sus poderes.

Lula, como Chávez, aparecen como encarnaciones de los delirios de los pobres de sus pueblos, para quienes la invitación a permanecer esperanzados en un desarrollo en plena tormenta neoliberal carece de valor, por lo que no interesa a su causa.

¿Se harán practicables los cambios en libertad?  ¿No fue acaso el drama de Allende y su Chile la prueba más feroz de las dificultades? 

Preparar los ánimos para nuevas pruebas de incomprensión y tensiones infinitas parece ser lo que está en la agenda de los pueblos nuestros, sin que sea fácil preparar salidas intermedias que respeten la equidad, ajena a falsas caridades.  Lo que se ha pretendido hacer con Chávez se podrá intentar con Lula, nadie lo dude.

La cuestión será determinar si las capas sociales representadas por ellos, que se expresaran en pruebas democráticas irrefutables, también podrán ser contenidas y limitadas, todo el tiempo.

La variación de los contextos es obvia.  Chávez está muerto, soportando impertérrita su memoria las bajezas que todavía se urden para ofenderla.  Lula está bajo asedio mortal en procura de su muerte moral bajo una lluvia de procesos de índole criminal, porque si se presenta como candidato presidencial en el año 2018 es previsible que cincuenta y cuatro millones de brasileños nuevamente lo asuman como guía.

Están las economías emergentes, las Bricks, abriéndose paso en el comercio mundial, y esto tiene muchos ingredientes estimulantes de los peores conflictos.  Vendrá la ofensiva a escala mundial contra el proceso electoral regional venezolano y las acusaciones van a encontrar buen prado porque están precedidas de muchas ilegitimidades y los poderes de la tierra han venido trabajando por años en la crucifixión de esa experiencia social y política del chavismo, que no cuenta, por desgracia, con el carisma fascinante del gran líder desaparecido y que tiene que debatirse en términos muy difíciles,  atacado, ya, por esa feroz coronela que es la economía.

Como se vé, el proceso electoral regional de Venezuela es posible que pase a ser un cartucho más de la carga de dinamita que se ha venido acumulando para volar la experiencia del chavismo, que no cuenta ya con el “sublime aliento” que invoca el himno nacional de Venezuela, que fuera canción perenne de su líder.

Por ello he insistido mucho en la extracción de ese liderato y, ya, desde el año 2003, según se advierte en el artículo transcrito, aludía al contraste de esa extracción con la condición de proletario de Lula.  Algo que, guardando las distancias, otra vez, se podría extrapolar a la extracción de Nicolás.

Todo ello girando alrededor del calibre del blindaje de la unidad de las fuerzas armadas bolivarianas de Venezuela.  Ahí es donde está la clave de todo. Ellas, como todas las otras fuerzas armadas del mundo que hacen las guerras, tienen ahora la crucial obligación de preservar la paz y el único camino plausible es su unidad.   Sobrevivir y no consentir que se ahogaren sus lealtades en ese insondable océano de los intereses y sus maquinaciones.

¿Hasta cuándo podrían mantenerse esa unidad, bajo el agobio presionante, desesperante, de la calamidad económica?  Ahí está el enigma.  Por eso mi pálpito sigue siendo razonable.  De ahí mi reacción ante el significado de las elecciones regionales:  “Nada nuevo bajo el sol”.

Veremos en las próximas preguntas otros artículos de esos años para mantener la secuencia de la prueba de la coherencia que pretendo tener.

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