Venezuela, preocupación de todos

En mi programa televisivo La Respuesta anuncié que haría algunas entregas de La Pregunta relacionadas con el preocupante y muy grave caso de Venezuela.

La idea es reproducir algunas de las cosas que sostuve en el año 2002, cuando Chávez era una realidad de poder y estaba enfrentando la espesa y peligrosa resistencia de aquella parte de Venezuela que permaneciera largo tiempo superpuesta sobre la otra Venezuela, la sumergida, que él había asumido como su tarea esencial de gobernante dentro de un proceso de cambios revolucionarios.

Lo he querido hacer así para ratificar mis posiciones desde el principio y con ello dejar bien claro que cuanto opine hoy, así como en el tiempo que me sea posible hacerlo, se corresponde con mis convicciones originarias.

Chávez fue un fenómeno único en la historia de nuestra América, porque encarnó un liderato profundamente popular, pero su extracción era, a la vez, profundamente militar.

Pobreza de los ranchos y rebeldía del cuartel se conificaban en Chávez; era algo que estaba más o menos diseñado y resultaba más que posible presentir, cuando se aprecia en retrospectiva la erupción del Caracazo y el alzamiento tres años después encabezado por el joven coronel.

Desde luego, hay muchas cosas que se deben precisar hoy en procura de cuidar la justicia histórica.  Una de ellas, que para mí resulta siempre atendible, es recordar el papel crucial que supo jugar un expresidente venezolano que simbolizó la más alta expresión de la doctrina demócrata-cristiana, Rafael Caldera, quien pronunciara dos discursos cruciales en su condición de senador vitalicio y como expresidente de Venezuela, tanto en ocasión del Caracazo, como luego, en el dramático momento del alzamiento militar fracasado.

Hoy traigo la primera muestra con el artículo que escribiera en el Listín Diario en fecha 11 de noviembre del año 2002, bajo el título: “Presidente Chávez, reflexione”:

PRESIDENTE CHAVEZ, REFLEXIONE

Por:  Marino Vinicio Castillo R.

En estos días estuve ausente dos semanas.  Creo que me convino la ausencia porque sentí mejorar las perspectivas y reflexiones acerca de algunos tópicos, nacionales e internacionales.

 Ví a Venezuela, por ejemplo, desde el exterior y confieso que turbaron mi espíritu preocupaciones que no había sentido antes con esa intensidad.

 Aquél entrañable pueblo se está seccionando peligrosamente y parecería un indetenible proceso de ásperos desencuentros que podrían reproducir etapas de luchas fratricidas parecidas a las del último tercio del Siglo IXX que terminaron por ser puestas en el reposo por una larga tiranía.

 Los ánimos son cada vez más irreconciliables; las tramas hieden por doquier; las fuerzas de oposición, en lugar de avanzar hacia la organización de respuestas ordenadas, ahora, cuando todavía no hay un preso político, se alojan en la exigencia tremenda de un abandono del poder de alguien que ha merecido sucesivas calificaciones populares para estar donde está.

 En las disputas se advierte una alta presencia de sin razón, que si se le descuida terminaría por cerrar los caminos civilizados, abriéndole trocha a la aventura, que sabe no arredrarse ante posibilidades tan díscolas y turbulentas como el magnicidio, o la decisión de las Fuerzas Armadas protagonizando un encarnizado proceso de poder desde los fusiles. Recordé haber leído dos obras, cuya lectura recomiendo, una de Carlos Seco Serrano, “La Historia del Conservadurismo Español”, y la otra de Paul Preston, “Las Tres Españas de 1936”.

 Quien lea esas contribuciones notables se convencerá de que esto que España tiene hoy como democracia admirable funciona dentro de una monarquía parlamentaria, que le ha permitido un progreso impresionante. Fue todo cuanto buscaron en el Siglo IXX don Francisco Martínez Rosa y Cánovas del Castillo, entre otros, dentro y fuera del poder, proponiendo la conveniencia de una tercera vía entre monarquía, república que hiciera esto que finalmente se alcanzara, un siglo después.

 La otra obra sobre “Las tres Españas” es una desgarradora descripción de breves cortes biográficos de los hombres fundamentales de la guerra civil del ’36 y a uno le queda el amargo sabor de que se pudieron evitar un millón de muertos y una prolongada dictadura, de haber habido en tanta gente brillante un mínimo de sensatez, menos pasión imperante y la visión clara de que tenían que eludirse de los terribles efectos de las influencias del fascismo y del comunismo, que ya se aprestaban para la conflagración de los sesenta millones de muertos del ’39. Hombres ilustres que no comprendieron la necesidad de rehusarse a pasar a ser cambio experimental de armas y determinaciones como sólo España podía hacerlo.

 Así, el pensamiento vuela y se asienta en la Venezuela de hoy y llega acompañado del convencimiento de que el presidente Chávez, sin tener un preso político, lo que es su máxima gloria, se está atrayendo antipatías y violencias, cada vez menos solapadas, de una oposición que lo tuvo que aceptar como una respuesta lógica y aprobada de Venezuela a los sectores que la saquearon en forma infame desde la política y los negocios.

 Chávez, así lo reconocí desde su prisión, ha sido un signo inequívoco de la necesidad de cambios políticos drásticos en un corrompido sistema de partidos.  Naturalmente, él ha intentado en lo económico y social acciones de legislación profunda sobre las tenencias de tierras que  del estatuto de la pobreza petrolera y con ella concita una resistencia mayor y peligrosa.  Lo que pone a cavilar es advertir que el presidente se ha dejado provocar y no ha buscado la serena prudencia que, aún cuando ha de ser bien enérgica, serviría para salvar la índole y la imagen de sus propósitos generosos.

 Chávez no está reparando lo mucho que él significa para Venezuela, por lo que no debe llevar a términos enconados de conflictiva confrontación ideológica sus visiones y principios ardientemente nacionales.  La ideología que se le ha colocado como compañera de viaje como pareja es incómoda; tiene un historial intimidante; sus centralizaciones se desplomaron en lo que fuera el útero soviético y, en fín, Chávez no ha debido fallar en la evaluación del significado de lo que es el terrorismo para el mundo de hoy.  Su error ha sido aparecer de algún modo amortiguando sus devastadores fines. 

 Él, que no es represivo, aunque constatatario, ¿qué hace con esas posiciones tremendistas y marchitas?  ¿cree él que, luego de lo ocurrido en la ex Unión Soviética, es prudente animar a los nostálgicos tropicales para apoyarse en ellos en el auge de su sueño bolivariano?

Yo, que he sido su ferviente y desinteresado admirador, estoy preocupado y me temo que el presidente ha perdido, de algún modo, aspectos fundamentales de su orientación a favor de su lucha por el progreso venezolano, al prohijar la impronta de que obra dentro de una ideología en precario, que él no necesita porque proviene del cuartel donde Bolívar, aún, “deambula taciturno, con sus botas calzadas”.

 Si sobreviene la inmensa tragedia de la guerra civil en Venezuela, toda la América nuestra tendrá que lamentar, sin que haya manera de predecir cuánto.

 Reflexione, pues, presidente Chávez, y reduzca el encono; dedíquese a introducir métodos sanos de gobierno en su rica nación que eso sólo haría las veces de revolución.   Son tantos los recursos, que su buen uso sería pura gloria.

 Piense en el Coronel Nasser para la preservación del decoro; aparte a cuanto Largo Caballero aparezca grávido de intransigencias e incitaciones; a los cacerolazos déjelos sin argumentos que puedan atraerles aliados peligrosísimos.

 Usted, presidente Chávez, es de un gran corazón y lo prueba la ausencia de presidios y persecuciones.  Toda América le agradecerá su simple ejemplo de adecentamiento, pues es esto lo que fundamentalmente falta en la dirección de nuestros pueblos.  La oposición, de su parte, que se organice sin la afrentosa compañía y presencia del escándalo precedente que fuera causa esencial del fenómeno Chávez y sus hermosas quejas bolivarianas.

 Nuevos partidos, nuevos hombres y mujeres que, en las ideas, más que con las plazas, preparen lo que ellos dicen representar.  Tal ha de ser la disputa, no el infierno de la guerra y el caos.”

 Cuando escribí aquel artículo tenía muy presente las dolorosas enseñanzas que me quedaron de la lectura de una obra, a mi entender indispensable, para comprender verdaderamente la tragedia de Chile que tuviera como inflexión suprema la inmolación de aquel ilustre Presidente que fuera Salvador Allende.  La obra se titula “Memorias Testimonio de un Soldado”.  Su autor fue el general Carlos Prats González, quien fuera Ministro de Defensa del Presidente Allende, que llegó a confiar en él plenamente y que luego fuera asesinado mediante explosión de su auto, junto a su desventurada esposa.  La obra se publicó a instancia de sus hijas.

El general Carlos Prats González, era ferviente partidario de la estricta doctrina de la prescindencia del poder militar y el respeto debido a la Constitución y al poder civil en cuanto a no deliberar ni decidir cosas que quedaren fuera de sus altas misiones de fuerzas armadas.

El brillante general Schneider, que era el líder fundamental que había encarnado como ningún otro tal doctrina, servía a las fuerzas armadas chilenas en esos planos de dignidad y respeto que las rediferenciaban de la generalidad de las armas de América Latina.  Fue asesinado dos años antes de la tragedia del 11 de septiembre de 1973, en pleno centro de Santiago, en lo que fue un claro acto preparatorio de la hecatombe. A esa etnia del decoro y del honor militar pertenecía el general Carlos Prats González.

Pues bien, Allende, médico, dirigente socialista, hombre de enorme decencia, que alcanzara la presidencia en su quinto intento por decisión congresional y que contara en principio con el voto demócrata cristiano para asumirla, fue víctima atroz de la bestialidad desprendida de la desnaturalización de aquellas fuerzas armadas.

Una vez en el poder, el doctor Allende, entre las pasiones ideológicas más extremas como fueran las del MIR, recibió la visita prolongada de más de un mes del símbolo continental que fuera Fidel Castro y terminó en un charco inmenso de sangre, todo bajo un control siniestro de un poder extranjero implacable.

Es el diario de aquel soldado un testimonio potente para comprender las causales de que aquellas fuerzas armadas, repito, pasaran de la estricta obediencia al poder civil al oprobio con una subversión sanguinaria que diera paso a una dictadura de más de tres lustros en ese pueblo brillante que es Chile.

Son muchos los libros que se han escrito para recordar los extremos horribles de esa represión, pero, me voy a limitar a recomendar dos para los que quieran, tantos años después, llorar sobre aquellos sucesos tan luctuosos y desgarradores.  Las obras son  Yo Augusto de Ernesto Ekaizer y Los Zarpazos del Puma de Patricia Verdugo.

Volviendo a Chávez, cuando escribí el artículo que reproduzco no percibía que la honda extracción militar del coronel Chávez blindaría la unidad de sus fuerzas armadas y las pondría a salvo de toda división fratricida.  Esa unidad, hemos visto, aún se mantiene.  Esto, desde luego, sin dejar de considerar el alevoso golpe de estado del año 2003, en el cual se comprometieran las cúpulas de aquellas fuerzas armadas con el asalto de un empresariado feroz que llegó a derogar la Constitución por decreto.

En sucesivos artículos que irán apareciendo en La Pregunta del futuro inmediato se podrá apreciar mejor el tipo de dedicación que he mantenido sobre ese fenómeno político-popular de Venezuela, que al cabo de 17 años, hoy, ha terminado por ser la preocupación dominante de los pueblos, tanto de América Latina como de otros lares mundiales.

 

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