Naciones Pequeñas de Pequeños Hombres

Era el mes de octubre del año 94 del pasado siglo y la República acababa de pasar por una crisis política enorme que desembocara en un estupro constitucional consistente en mutilar el periodo presidencial de cuatro años, dejándole un tiempo de solo dos años.

En las elecciones de mayo de ese año un legendario líder nacional alcanzó la victoria y se disponía a agotar un sexto período, pero tal eventualidad levantó una resistencia de fuerzas mixtas, vale decir, de litorales de la política que habían sido derrotados y un poder extranjero intransigente que no consentía que aquello se consumara.

Lo cierto es que un mes antes de esas elecciones una firma encuestadora de fama mundial, que entre nosotros ha sabido ser la guía por excelencia para darle fundamento a las posibilidades de los candidatos, le había dado a ese anciano ciego un punto por encima de un candidato excitante y fogoso, líder de un partido de oposición muy combativo.  Esto, sin embargo, no fue óbice  para que se desarrollara una campaña a escala mundial señalando que las elecciones habían constituido un fraude colosal y que, de consiguiente, eran inadmisibles sus resultados; así nació la crisis y el poder extranjero se hizo cargo de dirigirla y controlarla.

El título de esta Pregunta, es el mismo de un artículo que publicara en el diario El Caribe a mi firma el 13 de octubre de 1994 y al entregarme un amigo la copia de ese diario, que yo la tenía perdida, me di cuenta de que había una coherencia muy densa entre las cosas que planteara en ese artículo y muchas de las que he estado formulando veintitrés años después.

Fue por ello que en mi programa La Repuesta prometí traer como invitado especial tal artículo y con ello hacer una prueba fuerte y simple de mis posiciones en el tremedal de las circunstancias nacionales que hoy amenazan desembocar en crisis aún mayores que la referida.

Traigo, pues, algunos fragmentos del artículo atinentes a los propósitos que persigo:

“Nuestra organización política descansa en una base mentirosa.  Mentira en la elección; mentira en el Ejecutivo; mentira en el Legislativo; mentira crasa en la justicia; mentira irritante en los partidos políticos; mentira carnavalesca en la prensa.  La falla de lógica, de sinceridad, en todo nos pierde irremisiblemente”.  Pelegrín Castillo. Diario de Cárcel 1912.  Fortaleza San Luis, Santiago.”

Cuando leí la amarga reflexión hecha por mi padre no supuse que la ausencia de sinceridad en nuestro quehacer público podría ser un quebranto socio-ético de tanta magnitud.

Lo aprecié ciertamente, desde la adolescencia, como una fatalidad crónica, aunque imaginé durante la prolongada opresión en que naciera y me hiciera adulto y cabeza de familia que los valores del espíritu aplastados y comprimidos rebrotarían en las horas de libertad y democracia, según se prometía.

En verdad, la carencia de sinceridad se intensificó y se hizo más profusa en sus manifestaciones hasta alcanzar la trágica configuración de una verdadera cultura del cinismo, donde la simulación hace estragos en los bríos vitales de la nación, a fuerza de lisonjas, permisividades y mixtificaciones.

Ahora, en estos precisos momentos nacionales, es cuando más se evidencian las características de esa patología social que es la hipocresía, cuyas conveniencias soterradas guían la generalidad de nuestras determinaciones.

Queda claro que a su aceleración y desnudez siempre ha contribuido la tóxica influencia de los propósitos extranjeros, al programar sus oscuros fines bajo una irritante apelación a supuestos principios, puramente retóricos, cubiertos por el palio de la retorcida invocación de mejoramientos de las iniciativas democráticas; todo ello a cargo del atajo de la complicidad nacional para la cual los designios de tales poderes son los únicos que cuentan y cuya imposición la proclaman inexorable, como algo dotado de la enorme fuerza de los fenómenos telúricos, a escala de catástrofe.

Y ha sido así desde la fundación del Estado Nacional, en mayor o menor grado.  Desde luego, no es éste el espacio para reseñar las vicisitudes todas, aunque sí vale la observación sustancial de que hemos sobrevivido hasta hoy, pese a sedicentes infiltraciones, porque en las horas de grandes pruebas del destino histórico la nación pequeña ha contado con el sacrificio de los grandes hombres de su glorioso puñado de siempre.

Luego de esos fragmentos vino una cita insigne de don Américo Lugo en su carta memorable y viril a Trujillo, en el año de 1936.

Proseguí en mi artículo con los fragmentos siguientes, los cuales inserto porque coinciden plenamente con la anterior Pregunta, relativa al instinto de conservación y el Ser Nacional.  Fue entonces, cuando pasé a referirme concretamente a la crisis del modo siguiente:

“Aún así, como poniendo de lado tan amargo vaticinio, hijo de un pesimismo muy extenso, la sociedad nacional tuvo vientre para alumbrar hazañas en la reclamación insomne de la libertad, en abundante vendimia de martirios y de heroísmos.

Para los adocenados que abjuran hoy de los ejemplos, bastaría enumerar jornadas de coraje y patriotismo tales como Luperón, el 14 de junio, el 30 de mayo, el 65 y el indómito ademán de la pureza que fuera Manaclas.

Están ahí:

“NO SON PATRIMONIO DE NADIE EN PARTICULAR.  LA UNICA MANERA DE HONRARLAS ES OFRENDAR LA DISPOSICION DE IMITARLES, EN CUALQUIER EDAD Y TIEMPO, SIN PRECLARIFICACINOES OPORTUNISTAS DE VANO USUFRUCTO.”

 “… Ahora resulta que está de moda argüir que la simple recordación de tales cosas es pura ridiculez.  Se trata, claro está, de una diabólica fórmula de desaliento de quienes se llevan el índice a los labios frente a la ocupación militar del Estado vecino, porque confían en que tan fementida reposición de poder será algo más que “democracia de misiles” , sino más bien un taller de aboliciones de soberanía en la isla toda.  1915 fue seguido de 1916.  Es necesario retener a Lugo en las citas sobre el pasado, adecuándolo a las presentes circunstancias de federalización, así como a los ya esbozados planes de “provisionalidades”.

En realidad, confrontamos una perversa modalidad de abatimiento que parece hacer innecesarias las discordias y rencillas incoercibles de siempre, tan animadas por las intrigas foráneas, con su corro interno en su perpetuo empeño de debilitar al Ser Nacional hasta la agonía de sus arrestos y la yugulación de su memoria social.

Se nos ha zarandeado de lo lindo en las cuestiones institucionales, hasta hacer tabla rasa de la identidad individual, so pretexto de un perfeccionamiento electoral, socavando y aberrando la plataforma básica de la nacionalidad, haciendo de ésta una bagatela obtenible por dolo, propiciado por los propios poderes públicos, en una experiencia detestable donde resulta doloroso y difícil separar la torpeza de la perfidia. 

No ha terminado de pasar el asombro frente a sucesos como éstos:

  1. Un presidente de la República de la república relatando la parte final de una visita de un Procónsul, en medio de una manipulación post-electoral, elevada a categoría de crisis regional, cuando aquel le lanzaba el llamado dardo de los Partos y le espetaba: ¿y qué haríamos si llega el 16 de agosto sin la Proclamación (ritual constitucional para anunciar un nuevo presidente)?
  2. Una fría y meticulosa Embajadora declararse “decepcionada” por el fallo del más alto Tribunal Electoral, único competente para dirimir las cuestiones electorales muy esperanzada en que abortaría la Proclamación, que era lo definitivo, a su entender;
  3. Un alto dirigente del partido de oposición de mayor nivel de competencia CONFESANDO haber sido portador de una propuesta a otro partido de oposición para “no proclamar”, al declarado vencedor por el organismo electoral, confluyendo así con los propósitos manifiestos del Poder Extranjero, dentro de un estatuto neto de Complot;
  4. La celebración de un ceremonial presidido por el Jefe del Estado para anunciar con “bombos y platillos” la superación de una gigantesca manipulación de prensa, extranjera y nacional, destinada a la intimidación de imponer sanciones contra la Nación por la alegada trapacería de sus políticos de poder, algo que correspondía, en más alto grado, a unos llamados “asesores”, fabricantes de colchones anti-fraude de gran destreza.

En fin, nunca el filósofo F. Lassalle había recibido un apoyo más conspicuo y de grupos más notables, en cuanto a su teoría de que la Constitución es un “pedazo de papel”, mención ésta que le fuera endilgada  como estigma a quien presidiera aquel “parto de los montes”.

Todos los episodios precedentemente señalados constituyen lo que se vio, pero, no fue todo lo que ocurrió, que no se vio.

El poder extranjero goza de tanta eficacia en su potencia que está confiado en el secreto reverencial para el otro dardo de los Partos que lanzara su Procónsul, mucho más venenoso, desde luego, pues fue una instigación a mando decisivo contraria a lo preceptuado en el artículo 93 de la Constitución, que prevé la obediencia, no deliberante, de los cuerpos armados.

Hubo un bello gesto de un soldado nuestro que permanecerá marchito por el silencio subsecuente, demacrado en la hondonada del reconocimiento de su acción como algo de tan difícil identificación como saber acerca del “soldado desconocido”.

Hoy me decido a revelarlo porque pienso en el alerta inmenso en que se ha de mantener a la nación.  Un episodio como ese debe conocerse, sobremanera, porque la incitación era una trampa mucho más filosa que el tranque institucional en el campo político.

La inferencia clara y única es que de haberse dejado tentar el soldado por el pérfido emisario, con su oferta de apoyo, hubiese sido una maniobra más de la geopolítica en curso, capaz de servir para barrernos del mapamundi, al menos con la configuración que nos crearan nuestros Padres Fundadores, tan ilustres y puros como los de ellos.

Reaccionemos, en suma, contra la maldición de siempre que nos escupe el desprecio de los poderosos:  “Nación pequeña, de pequeños hombres.”

Ese soldado nuestro no fue nada pequeño en su gesto, aunque quede el muñón de la censura a su mutismo, temeroso, quizás, más que de la ira de los amos, del veneno de los siervos.

Me atrevería a agregar a las mentiras imprecadas por mi padre en 1912, una, peor que todas, la mentira taimada y concebida de los “silencios”.

En resumen, no podría atribuirle importancia alguna a esa coherencia de mis posiciones si no revelara, al cierre de esta Pregunta, que la realidad de aquella crisis estaba domiciliada en la negativa rotunda del anciano estadista ciego a consentir el establecimiento de diecinueve campamentos de “refugiados”, supuestos desde luego, en el territorio nuestro.  Aquel gesto valeroso de rehusarse a consentir el agravio a nuestra soberanía y nuestro territorio privó de su triunfo a aquella leyenda del poder dentro de nosotros bajo la campaña mediática más horrible y desconsiderada de acusaciones y dicterios a escala mundial.

Vuelvo al cerrar esta Pregunta recurriendo al Dante en aquello de “Dejad al tiempo la ardua sentencia”.  Todo se ha ido viendo y percibiendo de la peor manera:  la traición se injertó y dominó al poder.  De ahí mi indeclinable coherencia en el reproche y la premonición.

 

 

 

 

 

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s