El Instinto Supremo

El instinto de conservación es el de mayor intensidad en el ser humano; se le ha tenido siempre como eje de los demás, como si los agrupara y los hiciera sus dependientes.

Ningún otro se le compara, pues viene intrincado con la propia existencia, cuya seguridad y permanencia se procura con todas las reacciones posibles que tiendan a su protección.

De ese instinto primario deriva la generalidad de los componentes de la conducta; es su parte más íntima y profunda y está alojado en el infra-yo como su selva proditoria.

Los miedos al peligro son muy inherentes; la respuesta a todo cuanto comprometa la existencia se provee en seguida, sin aplazamiento, y es así como el deambular por la vida queda signado; más allá de los conocimientos adquiridos, por encima de las variables circunstancias de placer, felicidad, pesar o cualquiera otra de las interminables contingencias de la existencia.

Todas quedarán sometidas a un control vitalicio de ese instinto de conservación de la vida o de la integridad de ésta, cuantas veces se les expongan a riesgos.

Sin embargo, ocurre que la vida va dando muestras de situaciones singulares en medio de las cuales hasta el propio instinto de conservación es puesto de lado, desoído, postergado.

Existen, por ejemplo, los casos del valor personal probado, no simplemente del valor pregonado. Se ve en las guerras formales o en aquellos sucesos que exigen hacer la prueba de valor hasta llegar el sujeto a su desafío, sin temer asumir el peligro de perder la vida; sin importarle tal perspectiva.

Por el contrario, aparece la otra vertiente en que se opta por retirar todo empeño de exhibir valor y dejar que el instinto de conservación se exprese plenamente, aunque ésto implique el escarnio de la cobardía.

Quede claro que no es éste el lugar adecuado para ponderar, siquiera, esos temas, que están reservados para la sabiduría de los tratadistas, especialmente los que se han internado en la exploración que implica el conocimiento de la sicología individual profunda.

Mi esfuerzo de hoy, pues, está restringido a tocar el suicidio como tema, más en el plano social, que en el individual.

¿Qué ocurre con el suicidio? Se le llama muchas veces muerte por “manos propias”; se hace evidente que opera entonces algún factor potente que resulta capaz de vencer al inacabable apego por la preservación de la vida, así como de la integridad física del ser humano.

Las explicaciones son diversísimas, pero, las predominantes proceden de la ciencia médica, puntualmente de áreas de ésta que entienden de los trastornos de la mente y la personalidad.

Se le dá entonces al importante evento del suicidio una explicación que cada vez resulta más escueta, y al parecer más convincente, como lo es el diagnostico de depresión; que puede llevar al suicida a la encrucijada de la decisión de poner fin a algún sufrimiento del cual ha buscado librare con la muerte, procurada muchas veces con callada conformidad, sin temor ni arrepentimiento, con frecuencia acompañada de una extraña alegría final.

Pero, ocurre que esa manera de simplificar algo tan complejo no basta para llegar a comprender plenamente todo cuanto encierra como drama.

Ahora bien, tal como apunté, mi interés de hoy es tratar el suicidio como probable signo social que pueda estar señalando algo más vasto, quizás motorizado por otros factores que acuden e inducen los desplomes personales que preceden, es decir, todo sobre esa escabrosa socialización del suicidio, que pasa a ser un síntoma, más que un signo, de cosas que aquejan a la sociedad como conjunto en sus desenlaces ruinosos.

Sabido es que en las grandes caídas y colapsos de las economías, por ejemplo, de todo o parte del mundo, se producen suicidios como resultado de las bancarrotas de la gente del comercio; sabido es también que en esas etapas espantosas de grandes sufrimientos por la opresión política, como por ejemplo en el régimen nazi, el suicidio no sólo se hizo un hábito realmente, sino que se llegó a utilizar en forma compulsiva de castigo de aquellos que, de un modo u otro, el poder consideró traidores e inservibles; pero preciso es retener que la historia conserva ejemplos épicos y notables de grandes expresiones de valor en los que se ha optado por la muerte antes de recibir el deshonor de la derrota, en cualquiera de sus modalidades.

Como se advierte, en la vastedad de esos campos se hace algo menos que imposible toda descripción. Por ello lo que busco de forma más puntual es descifrar cuáles son los mensajes que nos está enviando el suicidio a la sociedad nuestra de hoy, donde y cuando se alega un estado agradable de bienestar y pujanza y la economía se dice que es promisoria.

¿Por qué con tanta frecuencia viene el suicidio enlutándonos? ¿Qué tienen de advertencia casos como los que genera la usura exigente y despiadada que malogra al deudor atolondrado, a veces por sumas mínimas? ¿Por qué esos casos tan desconcertantes como un pastor cristiano que se lanza de un puente por tal motivo o una joven profesora que no resiste ser descolocada y separada de sus tareas? y otros tantos, que se van por las veredas enigmáticas de la muerte por “obra de sus propias manos”. ¿Qué está ocurriendo, en realidad? ¿Por qué está produciendo tantos estragos este sombrío fenómeno, casi epidémico, que arrastra a adolescentes, ancianos y tanta gente en plenitud?

La suma de tantas depresiones individuales que contribuyen con el alarmante fenómeno del suicidio epidémico, se podría suponer que terminaría por arruinar la comunidad, hija de la historia, que alberga al Ser nacional. Esa noción del Ser nacional es la que podría estar en juego en momentos como éstos.

Pero, asumir tal cosa es el error de quienes traman contra la nación; piensan que la depresión se haría colectiva y que la misma terminaría hundiéndose en el desaliento y la entrega, no importándole cuánto de ignominioso sea el destino propuesto.

Ocurre todo lo contrario. Lo cierto es que la minoría generosa y abnegada que llamo siempre medular ha sabido dar pruebas portentosas en tiempos de grandes desventuras.

En lo político existen episodios colosales de compromiso con la patria: Las expediciones armadas de Luperón del 47 y el 14 de Junio del 59; Manaclas del 63 y gestas de arrojo inmenso, a sabiendas de que serían barridas familias completas, o en grave riesgo de muchos de los suyos. No otra cosa fue el año 61 y su 30 de Mayo. ¿Cuánto tiempo y espacio necesitaríamos para evaluar y describir el sacrificio de las Hermanas Mirabal?

Nadie ponga en duda que han sido centenares los dominicanos que asumieron los riesgos y sacrificios mayores, conscientes de que les esperaba la muerte. Pusieron de lado el instinto de conservación individual y familiar para servir al instinto supremo de la conservación de la nación.

Ya, mucho antes, el honor del Capitán Raúl Saviñón en el año 30, que se negara a entregar su fortaleza y se decidiera por el pistoletazo en la sien porque él “no traicionaba”, así como el complot de artillería del Capitán Marchena”, que hiciera perder las vidas de decenas de jóvenes oficiales y soldados en el año 46, fueron muestras gloriosas de entrega a la lucha por la libertad de su pueblo.

Pero hay más. Cuando uno se aparta del litoral de las armas y la guerra y se dedica a recordar y citar sólo algunos de los casos de inmolación para interceder por el prójimo abocado a alguna situación de muerte.

Dos ejemplos, que me sirven de bálsamo espiritual por el solo hecho de recordarlos y que me ayudaran a terminar estas cuartillas de La Pregunta: Jorge Rizek, apacible, amable y laborioso comerciante de mi pueblo, se lanzó sobre los alambres de electricidad de alta tensión que mataban a un niño inocente que volaba su chichigua de cola metálica. Jorge no conocía ni sabía del niño por el que también moría.

Y el otro, el inolvidable arrojo de José Miguel Lacay, un joven y gentil deportista que, al ver zozobrar la goleta Puerto Plata en las enfurecidas aguas del malecón nuestro y sus temibles arrecifes, se rebeló contra la resistencia y los ruegos de la multitud que gritaba: “no te tires, no te tires”, y se lanzó para no aparecer jamás. Tan sólo quedó el llanto de su novia Teresa y de su amigo Mimín, que enronquecieron pidiéndole que no lo intentara. Eran desconocidos los caídos en el naufragio.

Ya antes, en esas mismas rocas habían perecido tres dominicanos cuyos nombres no llegué a conocer y solo quedó el monumento que se les levantara en el lugar y aquel verso sencillo: “Al ver la nave zozobrar perdida, un noble gesto les costó la vida”. No sé si se conserva el olvidado monumento.

Como esos ejemplos se podrían citar miles de dominicanos que han sabido entregar sus vidas por otros.

Tengo un profundo convencimiento, si se quiere misterioso, de que todos esos sublimes gestos auguran que, en medio de tantas vicisitudes, como las de hoy, saldrán las energías para salvar al Ser nacional que tanto se ve zozobrar.

En la índole profunda de nuestro Ser nacional no están dormidos ni caídos los impulsos de salvación; no ha desaparecido el instinto supremo de su conservación. La índole prevalecerá, hoy, mañana y siempre.

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