EMELY SOMOS TODOS

Así rezaban algunas pancartas de las muchas que se enarbolaran en las enardecidas protestas multiprovinciales producidas en ocasión de la muerte espantosa que se diera a una joven oriunda de Cenoví.

Los alcances de esas manifestaciones son para meditarlos profundamente.  Comenzar por reconocer que el nombre de Emily asumió resonancia y significado de forma febricitante; preguntarnos, además, qué fue lo que electrizó la nación toda, que hasta el lugar donde viviera la joven víctima se hizo común y familiar al conocimiento público, sin necesidad de mencionar la jurisdicción territorial a que pertenece. Se clamaba, “Emely, la niña de Cenoví”; esa ha sido la expresión conmovedora de la inmensa mayoría de los dominicanos.

Es ese un primer signo a considerar; desde luego, sin dejar de mencionar el papel de las redes que a la sociedad la mantuvieran incesantemente informada, especialmente en la etapa turbia del post-crimen, donde intervenían esos componentes detestables de la ocultación de cadáver, de las explicaciones televisivas mentirosas, de parte de quienes habían sido autores reales del hecho tremendo, que pretendían convencer al público de que estaban muy empeñados en que apareciera Emely con vida, la misma vida que ellos habían destrozado.

El suspense y la mordiente curiosidad que se desprendió desde su seno se encargaron de elevarla ira pública hasta alcanzar niveles de furor.

Emely, recién salida de la adolescencia, quedó embarazada por su novio, también muy joven; se produjeron imágenes, fotos y revelaciones

contrapuestas; de un lado, la madre, en el papel inmemorial de Dolorosa; y la otra madre, haciendo alarde de una serenidad pasmosa, rogándole a Emely que volviera.

Ahora bien, es esta situación que se describe mucho más compleja que lo que se pueda pensar con ligereza; “Emely somos todos”, es una expresión típica y consagrada de lo que en buena técnica criminológica se entiende como “la saturación criminal del medio social”.

Vale decir, es nuestro caso, el crimen que se viene abriendo paso con sus tenebrosas hazañas y se llegan a asumir éstas como algo imposible de describir; se hacen tan incesantes y cotidianas que la sociedad parece rendida y resignada a que eso, así implantado, siga siendo así, sin que se turbe la convivencia, ni se despierte mayor alarma; cuando luce el medio social perplejo, si no descorazonado y su impotencia parece refugiarse en un espeso y brumoso temor colectivo que la gente común lo define calladamente con una expresión seca y desoladora:“Ésto está perdido, no hay nada qué hacer”.

En realidad, la sociedad se resiente y es cierto que tiende a postrarse cuando esos atrevimientos del crimen se muestran fuertes frente a un Estado, cada vez más apocado y deslucido, porque su autoridad proverbial se revela considerablemente perdida, lo que hace presentir que el Estado virtual que viene fabricando el crimen ya es dominante, tanto como para no temerle por vetusto e infuncional.

Se desconocen y arrumban sus leyes y no se intimidan sus agentes ante las estructuras lábiles y precarias de la autoridad encargada de conocer y fallar sobre su conducta; aunque tales fallos se dicten con la vacua pretensión de obrar “En nombre de la República y por Autoridad de la Ley”, según se sigue haciendo; llegado ya el tiempo en que se carece de la imponencia de una reacción enérgica del Estado real ante el desafío que entraña todo crimen.

Para mí resulta una experiencia difícil y pesarosa hablar y escribir de estas cosas, porque pasé décadas advirtiendo a mi sociedad acerca de ese duelo entre la ley y el crimen; sostuve que la ley estaba perdiendo gradualmente, pero en forma indetenible, y que llegaría el tiempo en que el desgaste del respeto debido a la autoridad viniera parejo como un estímulo creciente que serviría para retroalimentar la capacidad generalizada del crimen, que terminaría por hacer burla de esa autoridad y que esto resultaba peligrosísimo porque la gente perdería toda fe en su Estado y no pocos preferirían el silencio, la indiferencia o, de ser necesario, la aprobación complicitaria del desastre criminoso en desarrollo.

Lo predije insistentemente y recibí una miope atención que prefirió hacerme blanco de menosprecios bajo el señalamiento de que había mucho de fábula, lo que resultaba muy apropiado para descalificarme en ese ámbito de lo criminal tan sensitivo, como lo habían casi logrado creando en el ámbito político un falso personaje de mí, realmente inexistente, pero muy necesario para ellos en sus tareas y planes de depredar la nación por encima de mis denuncias y acusaciones insomnes.

Naturalmente, se trata de ámbitos diferentes, pues, con el crimen no es posible jugar como en la política en sus luchas y bregas de poder. El crimen golpea muy duro con dolor y las lágrimas que acarrea, no es un fenómeno trivial, es algo terrible, por lo que resulta más difícil descalificar en ese ámbito a quienes han tenido el valor de advertirlo y denunciarlo.

Yo lo sabía desde el principio y por eso aguardé paciente a que llegara el momento en que los hechos criminales hablaran y se encargaran de demostrar hasta dónde han llegado y amenazan permanecer, ahora y para siempre, con sus odiosos y aterrorizantes métodos y hábitos.

Pero bien, lo que muchos desconocen es que los medios sociales, aunque lleguen a parecer en un momento dado muy arrabalizados, siempre conservan una médula dura y es del silencio profundo de sus dolores de donde comienzan a brotar las reacciones.

Olvidémonos de la autoridad y de la parafernalia de la justicia; no confiemos tanto en la propia comunicación social, pues será esa carga abrumadora de pesares y llantos la que el día que menos se espere se hará presente con sus indómitas protestas, exigencias y reclamos con la fuerza moral inmensa con que obra todo agredido.

Son incontables los precedentes de la barbarie criminal que nos arropa.  Recordemos  y retengamos casos emblemáticos procedentes del litoral terrible de los atracos: Vanesa, Francina y otros centenares de asesinadas y violadas; no obviemos, claro está, que el crimen sabe derramarse en otras formas y nos ataca desde el horrendo Sicariato con las ejecuciones más inconcebibles y las causales más abarcantes y diversas que se pueden imaginar; ya se sabe amargamente del encargo de matar al acreedor para saldar el compromiso; de la muerte trágica del  coheredero hostil o incómodo y hasta del desgraciado espécimen del adicto matando a padres y abuelos, en procura de bienes, porque necesita pagar su trágica droga, que lentamente lo malogra.

Pienso, en fin, que haría muy bien aquél que se dedicara a entregarle al país un repertorio descriptivo de los últimos mil crímenes cometidos entre nosotros para con ello ilustrar acerca de la forma en que nos hemos saturado y porqué ya se hace verosímil, cuando no inminente, un estallido.  Entonces, sólo entonces, se comprendería mejor porqué cada nuevo crimen podría ser la última gota para el derrame de las protestas contra la impunidad y porqué habrían de ser tan duros los reclamos de justicia contra todo lo que ha contribuido a esa ruina.

Abro un paréntesis bien premeditado, pues si me lo callo no tendría manera de explicar la omisión.  Se trata de que “esa saturación criminal del medio social” de que hablo, no son los que verdaderamente la alcanzan y condensan los crímenes y delitos de derecho común, tipificados desde siempre en nuestros códigos en ocasión de conflictos interpersonales, desavenencias por intolerancia o desencuentros violentos.

No.  El gran autor de esa saturación criminal del medio Social es el contexto sombrío que le impone a la sociedad un fenómeno criminal que entre nosotros apareciera hace más de cuatro décadas:  el Narcotráfico Internacional y sus operaciones, primero, de tránsito en el territorio nacional y; después, las operaciones concretas de muertes, secuestros, riquezas inenarrables y adicción epidémica; en fin, todo lo que es a escala mundial.

Tal contexto tiene dirección transnacional y se sabe infiltrar en las estructuras tradicionales del Estado; participa en ámbitos de precaria licitud, muy grises, en

el movimiento fundamental de la economía; enferma hasta la muerte juventudes; corrompe la autoridad e infiltra instituciones del orden civil; es decir, un cubrimiento total de la sociedad que tiene entre sus metas ejercer un dominio con su presencia, indetectable en el principio y después

considerablemente invisible todavía en las áreas más sensitivas del dominio de sus oprimentes controles.

Ese contexto muchas veces lo he descrito como la abeja reina de la colmena del crimen, pues casi todas las derivaciones en el propio ámbito de la criminalidad común se aceleran en una forma u otra, estableciendo vínculos y relaciones con sus apretados nudos de mando.

En la política se ha visto esto hasta la saciedad; confían en que, a no muy lejano plazo, podrán controlar, no solo la votación de la soberanía popular, que hoy se persigue en forma abierta al margen de las organizaciones políticas, sino también el control de los miedos sociales a fin de que estos no se puedan manifestar como resistencia.

Claro está, esa es una percepción del crimen que se apoya en sus hechos desalmados; en su “plata o plomo”, en su “silencio obligatorio” para todos los demás, por lo que confían plenamente en que la “saturación criminal del medio Social” no se va a producir porque el contexto criminal se encargará de garantizar que así sea; es decir, que no habrá insurgencia alguna porque se ha ido matando al idealismo, como también al paradigma del trabajo digno, al tiempo que se acredita la indecencia de las riquezas fáciles; están convencidos en sus pactos implícitos que esta sepultada cualquiera muestra de queja social.

Pero tratar este tema requeriría un espacio mayor que éste.

Otra parte de este paréntesis es el crimen en la pareja; el estremecedor hecho del feminicidio de la esposa o la novia muertas que ofrece un giro de características catastróficas. Sin embargo, es una etnia criminal que requiere otras ponderaciones porque los hechos tienen mucho que ver con valores familiares, desconocidos con la grave ruina de una orfandad inmerecida; asimismo porque son seguidos muchas veces de suicidio y destrucción de la familia toda. Esto obliga a un tratamiento cuidadoso y enérgico, pero diferente.

Ya encontraré el tiempo y el espacio de hacerlo.

En suma, es de un hecho como éste del asesinato de Emely y del ya formado ciudadano de su vientre, de donde surge algo que hace las veces de fumarola de ese indesechable volcán de la ira pública, de la airada inconformidad de todos como rezaran aquellas pancartas, que fueron esgrimidas posiblemente sin saber que esa expresión “Emely somos todos”, es un verdadero lema al amparo del cual se podrían producir conmociones totales con efectos y consecuencias inenarrables, en todos los órdenes.

Es preciso reiterar, desde luego, que la explosividad abrupta de la protesta no es una improvisación espontánea del ánimo público sublevado.  Se trata más bien de una acumulación de recelos, miedos, iras contenidas, hondos temores y hasta humillación que experimenta el medio social como secuela de la frecuencia creciente del accionar devastador del crimen.  Este parece hacerse un afrentoso compañero que pretende se le apruebe como aceptable en el día a día del resto de la colectividad, la laboriosa y digna, que parece agachada y resignada a que la sangre la inunde como un fenómeno natural y que quienes la derraman pasen a ser respetables.

Es de ahí de donde se desprende la falsa sensación de conformidad, de anuencia y aceptación casi apacible, que ausenta todo el reproche y presenta a la comunidad moralmente castrada.  He ahí el error.

La saturación criminal del medio social”, repito, es un proceso de acumulación y de alarmas silenciadas, de iras irreveladas y sólo cuando llega algún hecho que ofrezca determinados componentes especiales pasa a ser el detonante precipitador de la deflagración de las impresionantes protestas sociales, convocadas sin diálogo ni exclusiones, para emplazar a los poderes públicos a que abandonen toda tibieza; a que se aparten en sorda y cínica indiferencia;; a que recupere el Estado el valor perdido para ejercer su tutelar violencia legal frente a los que le  desafían desde el litoral del crimen, buscando imponer otra tutela de carácter difuso que genere temor y procure obediencia a sus dictados, no menos severos y sombríos que los que ha podido padecer el pueblo en tiempos de opresión política, antes de llegarle el juguete de lujo del Estado

Social de Derecho, así sea para poder oír hablar de él como una utopía.

“Emely somos todos”, en verdad, más que un sentimiento generalizado de solidaridad con el dolor de su familia destrozada por la pérdida es más bien un gesto de respuesta airada y decidida al crimen y a sus aberraciones prepotentes que pretenden que la sociedad prosiga asustadiza, arrodillada entre lágrimas y gemidos en un huraño duelo.

La autoría intelectual del crimen en el caso de Emely, no es ocioso apuntalo, se prestaba a ofrecer un ingrediente muy irritante y perturbador: la extracción muy humilde de ella, que pareja con su candorosa belleza reñían con la aprobación de la madre del novio; ahí pareció originarse un repudio prejuicioso al nacimiento del hijo, sin rango antes de nacer, para que una persona vinculada al poder político lo pudiera acoger como un nuevo y tierno miembro de la familia.

El aparente letargo de un medio social no puede mantenerse todo el tiempo.  Por eso apunté al volcán como referente, dado que éste, ante de sus demoledoras erupciones históricas, sabe recordarle al hombre de tiempo en tiempo cuál es la magnitud de sus energías. Que nadie lo dude, “Emely somos todos”, es parte de esa lava social que ya se está sintiendo llegar.

Advertisements

One thought on “EMELY SOMOS TODOS

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s