Caracas y mi Pálpito y II

Siempre me ha gustado hurgar en documentos y noticias relativos a las actitudes de los actores de las grandes tragedias de guerras que han sabido desgarrar a los pueblos, en los tiempos previos, durante su inminencia.

Quizás las más dramáticas serían las suscitadas en los treinta días del julio trágico que precediera a la Primera Guerra Mundial, es decir, el lapso entre éstas y Sarajevo, escenario del magnicidio del Archiduque Francisco Fernando de Austria, que fueran descritos por una pluma como la de Emile Ludwig en forma tal, que cuando uno termina de hacerlo acaba por llorar si piensa en los diez millones de muertos que fuera el saldo horrible de aquella megatragedia.

Asimismo, de la guerra civil española, como el umbral sangriento que fuera de  aquella otra catástrofe mayor de la Segunda Guerra Mundial,  leí una obra de Paul Preston, bien breve por cierto, “Las 3 Españas del Año 1936”, en la que figuran los días y semanas precedentes al alzamiento militar, que sobreviniera luego como dictadura por obra de la guerra, y en tal obra aparecen las descripciones del quehacer de quienes fueran actores decisivos en la vida pública española de aquella víspera ominosa, José Antonio Primo de Rivera, Pilar Primo de Rivera, Salvador de Madariaga, Julián Besteiro, Manuel Azaña, Indalecio Prieto, Dolores Ibárruri, Francisco Franco,  José Millán Astray y Gil Robles.   Al leer todo aquello también se termina por llorar al pensar en el millón de muertos y los inmensos sufrimientos que entrañara aquel espantoso conflicto.  No hay manera de dejar de deplorar cómo entre tanta gente importante se impuso la odiosa incomprensión que lleva a los letales desencuentros.

Pues bien, e estos días, en la última entrega de La Pregunta, pensando en Venezuela, como todos debemos hacer desde el amanecer hasta el desvelo, sugerí que podríamos estar cerca de sufrir, más que de ver, otra guerra de umbral allí, según se advierte como van las posiciones de la intransigencia; no de las ideologías propiamente, sino de los intereses mundiales del comercio y sus espacios, que tantas veces han sido contexto de los peores conflictos armados de la historia.

Hice uso de una forma coloquial, bien elemental, apartándome deliberadamente de los enredos de opinar y pretender determinar cosas como quién resulta más legítimo, así como la calidad del origen de las Asambleas en disputa, la Nacional o la Constituyente, una, alegando votos de 14 millones y otra, proclamando 8 millones de votos en su favor; ambas que han terminado por ser estrambóticas, particularmente la Constituyente, sitiada por las invencibles sospechas de fraude y simulación artificiosa del sufragio.

Tampoco quise terciar en el juego de las anulaciones respectivas de los poderes públicos uno frente a otros, ni mucho menos me detuve en el deslucido papel del Poder Judicial dictando resoluciones trascendentales y haciendo revocación de éstas en horas, como si se estuviera obedeciendo a los abismales enconos que se han engendrado con tozudez suicida.

A lo más que llegué fue a hablar del pálpito triste que tuve al conocer a Caracas y sus asimétricos perfiles humanos; las luces en sus cerros por la noche deslumbrantes y sus ranchos de miseria expuestos al sol en el duro arenal de la pobreza del día siguiente.

Es más, me expuse a que cualquier lector hostil me reputara como muy ingenuo, cuando no ignorante, al no enfatizar en las cosas gruesas que hay de por medio como la guerra económica del desabastecimiento socavador, el centenar de muertes en protestas, como un exilio masivo y popular derramado por toda América en forma nunca vista; en fin, todo cuanto se ha venido produciendo como colapso de los sueños del gran líder, ido a destiempo.

He preferido quedarme en los hondos presentimientos de una gente sencilla y por eso me vinieron a la mente algunos de los personajes cuyos nombres ya mencioné, para tratar de atraer algún grado de atención a la alarma que me atrevo a propalar.

Por ejemplo, Manuel Azaña era un gran orador y polemista y se le ocurrió escribir un libro con un contenido verdaderamente avanzado, de grandes proyecciones de futuro, de corte revolucionario, pero sobrevino el percance de que tuvo escasa venta.

Don Miguel de Unamuno, al leerlo, comentó: “Hay que tener cuidado con Azañita, porque es bien capaz de hacer una revolución con tal de procurarle venta a su libro”. El genio de don Miguel de Unamuno, según parece, hacía un ejercicio de presagio, aunque en términos irónicos y simpáticos.

Una vez estalló la guerra, tan cruenta y terrible como fuera, no recuerdo si fue él o cuál otro de los de la Generación del 98, en una pesarosa muestra de arrepentimiento y de sensitivo remordimiento, decía: “Ésto no es; que no es ésto”.  Eran tales ya las crueldades, que aquella constelación de intelectuales y espíritus superiores se desmayaba en el asombro poderoso de cuanto ocurría.

No creo inútil traer a la actualidad de Venezuela lo valioso que fuera aquel “Por Ahora” de Chávez y echarle de menos en los labios de Nicolás, luego de que Ramos Allup pronosticara aquel desatino en la Asamblea Nacional, pues, aunque surgiera del voto popular, no podía ser asumida con los efectos de un Referendo Revocatorio, capaz de anticipar una derrota de un presidente legítimamente elegido.  No creo ofender ni faltar a la verdad cuando hago un ejercicio serio y admonitorio estando tan cercanos los barrancos.

Aquello ha sido pura reyerta en desdén de la Constitución que Chávez prohijara y que la supiera respetar tanto, pues, cuantas veces enfrentó disensiones y obstáculos graves su recurso a la mano era el pueblo y la voluntad de éste que quedaba siempre incólume, al grado de que cuando por fracciones perdiera un referendo, que se proponía para conducir a una  profundización de su revolución, algo que ahora se ha pretendido en medio de violaciones y desavenencias incalificables, Chávez, el inmenso y carismático líder reconoció el revés en una prueba dada desde el poder, cuando se podía suponer estaba en condiciones de dar el manotazo odioso de siempre que es el desconocimiento de la voluntad popular.

Mi recordación, pues, no es ociosa ni necia, cuando confronto estas actitudes con las citadas de la tragedia española.  Lo que trato es de extrapolar ésta a la región nuestra.  Por eso retengo las actitudes del líder popular y militar que fuera Chávez y la otra, paradójicamente oriunda del orden civil y político parlamentario contra un gobierno de legitimidad innegable, pero que no tuvo la clarividencia de un nuevo “Por ahora” cuando le resultara adversa la prueba en el plano congresional.

En verdad, lo que me ocurre es que no me abandona todavía el pálpito aquél que experimentara cuando conocí Caracas; más bien se me recrece.  Ahora que me vuelve el cuartel como grave preocupación y me tumba el ánimo y me sobrecoge, porque serían terribles los azares a desprenderse de su agrietamiento, de sus mortíferas divisiones de siempre.  Todo ello puede entrañar la guerra civil al hibridarse parte de ese cuartel con fuerzas populares, de tal modo, que nuestro drama del año 65 del siglo pasado sería un juego de niños.

Temo que si estalla una conflagración como la que está merodeando a Venezuela se podrían presentar variables imprevisibles para sofocar los enardecidos pechos de las discordias y apagar las llamas de las teas de un rencor, que se ha venido fabricando entre los actores de la tragedia, que podría alcanzar efectos y proporciones regionales, con la equivalencia de guerra de umbral de alcances indefinibles y de todo género.

Pero, como prometiera al principio, voy a tratar de referirme, ahora que termino, a una de mis experiencias de averiguación de personajes y de móviles y actitudes de éstos en las vísperas del estallido de las grandes conflagraciones que han estremecido la historia.  Ésta va de muestra:

Francisco Largo Caballero es todavía recordado por su verbo de fuego y una intransigencia beligerante descomunal que lo hacía un agente de combustión inapagable.  Visitó a Cuenca, una comunidad muy deprimida, en la campaña electoral propuesta por la Segunda República, tan sólo dos meses antes del alzamiento y se refirió a dos candidatos a Diputados que irían por aquella jurisdicción, José Antonio Primo de Rivera, cabeza esencial y fundador de la Falange, y Francisco Franco, el más joven de los generales de España.

Largo Caballero, más o menos, alertó del peligro con su vibrante discurso: “Habéis visto en estos días a dos candidatos sorprendentes, pero, tengáis presente que el único y más peligroso para la democracia y la Republica es ese Franquito que anda por ahí; yo le conozco, supe de él cuando hacía muchas cosas duras en África; es el único general de esos ejércitos capaz de derrotar al gobierno republicano”; y concluyó diciendo: “Es muy frio y resuelto”.

Días después ambos candidatos, sin que aquel señalamiento fuera causa, renunciarían de sus aspiraciones electorales.

Y Franco no era el señalado por la generalidad de España; es más, no estaba en la conspiración plenamente; Sanjurjo, Mola y otros eran los importantes.  Pero, el misterioso designio del destino lo deparó de tal modo que pudo mantener cerca de cuarenta años a España bajo su férula de Caudillo “por la gracia de Dios”, según la adulación obediente lo pregonaría.

Los que creen en la unidad monolítica y permanente de ejércitos y armadas harían muy bien en dedicarse a pensar en las enseñanzas temibles de la historia.

En fin, cuando Nicolás exclamó en un momento dado “El diálogo va por las buenas o por las malas’’, fue cuando mejor aprecié el grado de las tensiones existentes; ahora cuando me entero que Ramos Allup, aquel de los seis meses de la exigencia al gobierno legítimo, era el primero que se hacía candidato para la Asamblea Constituyente, la de los ocho millones de votos, él que tanto se vanagloriaba de su Asamblea Nacional de los 14 millones, completé mi decepción y perdí con ello toda esperanza de que sea la paz, la sagrada paz de siempre, la que prevalezca.

Ha sido mi interés permanente citar a Bergson cuando escribiera “Los grandes errores políticos se deben casi siempre al hecho de que los hombres se olvidan de que la realidad se mueve y está en movimiento contínuo.  De diez errores políticos, nueve consisten simplemente en creer que todavía es verdadero lo que ya ha dejado de serlo”.

Ahora, con Venezuela colgada del alma, me apena que Nicolás, ni la mediocre oposición multicéfala, hayan comprendido eso que el filósofo francés advertía.

No está Chávez, ni tampoco se vislumbra un Caldera; parece que serán de los ciegos y violentos acontecimientos los prospectos de actores, salidos de las dos muchedumbres de esa Venezuela, partida ahora verticalmente, cuando su felicidad resulta perseguida por tantas rudas y fanáticas posiciones de intransigencia rotunda de los que desempeñan papeles difíciles, cuando no imposibles, de guías conductores.

Y no me consuela el hecho de haber sentido aquel pálpito, ya tan remoto, cuando amenaza estar a punto de cumplirse.  Al contrario, todo ello me aterra.

El himno de Venezuela, lo plantea todo; Nicolás aduciendo contra “el vil egoísmo que otra vez triunfó”; la crujiente oposición, de su parte, invocando la advertencia: “Y si el despotismo levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio.”  No es difícil, pues, entrever la guerra como un trágico fantasma, ante el clamor mundial de la santa paz, que tanto ha rogado el peregrino Papa Francisco.

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