Caracas y mi pálpito I

Cuando la conocí, hace mucho tiempo, experimenté tan solo en horas una sensación extrañísima que pareció sembrarme un pálpito para siempre.

Llegué de noche y quedé asombrado de las luces de Caracas, pues, aunque sabía de sus verdes cerros y de su Ávila, no me imaginé que al iluminarlos se ofrecería aquel espectáculo, sólo comparable con un cielo estrellado.

Mi familia venezolana se sonreía en rara forma cuando me oía exclamar la admiración que me provocaba la Caracas nocturna. Un primo, más hermano que primo, sólo me hacía calladas advertencias, casi un susurro, como si me dijera: “Espera, espera, deja que amanezca”.

No comprendí claramente porque se me hacia la advertencia tan sutilmente y era algo que no me preparaba para el conmovedor desencanto del día siguiente. Aguardé en el sueño el amanecer, sin imaginarme que una vez dispersara el sol las sombras quedaría abrumado por el otro espectáculo: el de los ranchos en los cerros de aquella ciudad, útero de la independencia de gran parte de nuestra América.

Fue así como quedé marcado por un pálpito, hijo de ese brutal contraste entre el rutilar brillante de las luces y el áspero pedregal de la pobreza que sólo el sol ponía al descubierto. En realidad, era el sol, el sincero revelador de la tragedia, no así las luces encubridoras de sus dimensiones.

Mi impresión resulto indeleble y recuerdo, siempre lo recuerdo, haberle dicho a mi familia que aquello era una prueba portentosa de que no se había obrado bien, con equidad y justicia, desde el poder multiforme de Venezuela; que todo cuanto había leído acerca de “los amos del valle”, eventualmente sería un juego de niño el día que bajaran de esos cerros las legiones de marginados que ya ofrecían la neta evidencia de lo poco confiable que era el peligroso bienestar petrolero; el mismo que llevara a Venezuela a ser considerada saudita, no se supo si como mote o como alarde, cual si fuera un rapto alienante que ofrecía el espejismo de una inacabable opulencia.

El contraste, les dije, es tan explosivo como insostenible; oiremos y sabremos de cosas grandes y de conflictos el día que ésto estalle. Pasaron décadas y los extravíos más insólitos del poder que partiera en dos a Venezuela, la de arriba y la sumergida, se vinieron a condensar en ocasión de un evento mundial, no porque bajaran de los cerros los pobres, sino porque se levantó el cuartel en su apoyo y representación y dió por cancelado el tiempo de la espera.

Tres años antes Caracas había explosionado y se creyó entonces que el corte horizontal que se había dado en su anatomía de pueblo era el umbral presagioso de un desenlace más drástico y terminante: Se trataba de El Caracazo.

Las letras del himno nacional de Venezuela son aleccionadoras cuando habla de “las cadenas y el yugo lanzado. de “la gloria del pueblo”, de “la rebelión del Señor por la liberación de independencias y la reclamación de libertad del pobre desde la choza”; todo ello invocando “La Ley, la virtud y el honor” hasta “escalar a “la fuerza de la unión bajo el gran poder de Dios”, llegando en sus últimos versos a consagrar aquello de “y si el despotismo levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio”.

Un himno grandioso, al grado de que llega a afirmar: “la América toda que existe en nación, porque esos lazos el cielo formo”.

Mi pálpito permanente, que indiqué al principio, se me ha recrecido ante el drama actual de aquella nación tan querida que no cesa de aumentar el asombro temeroso del mundo.

Quedó en la historia grabada la gesta cuando un liderato fascinante desde el cartel se rebeló y asumió una hazañosa misión redentora que pareció tener ese himno como eje o partitura.

Oyó los quejidos de la choza, asumió la América toda como meta, abominó del despotismo y reclamó el favor de la opinión del pueblo incesantemente, poniendo de lado el poder de los fusiles, de donde procedía su coraje.

En la primavera de su vida la muerte optó por llamarlo y a mí me conmovió tanto, que me atreví a garabatear unos malos versos que llevara a su propio funeral, de los cuales espigo algunos: Me pregunto, ¿porqué tan corto tu paso? / ¿será el enigma de siempre? / a veces no entiendo, / el papel de la muerte. /Ni una gota de sangre, / nada de lágrimas, / ni una reja, / hombre de Dios, ¿qué ocurrió? / ¿avaricia del cielo o maldad de la tierra? / La ausencia no será lápida, / sino pebetero, / que para eso está / el amor de los pueblos, / el poder y las villanías de sus luchas / quedarán bien lejos.”

Llegaron los vacíos con su ida; quedó pendiente lo “de la unión de los compatriotas fieles”, que proclama el himno; algo que parece agravarse porque la desunión por el corte horizontal que partiera a Venezuela en dos, se ha convertido en una desunión por corte vertical, que parece hacer obvio que hay dos Venezuelas enfrentadas. Esto, en medio de un maremágnum de alegaciones ideológicas absurdas.

Venezuela confronta hoy el trastorno que siempre ocurre cuando desaparece un liderazgo luminoso y sobreviene la difícil y trabajosa sucesión, que en el caso de Chávez se va manifestando día a día como pesadumbre mayor. A todo ésto se agrega que en esas tensiones y crispaciones falta la palabra iluminada de un Caldera, que en aquel umbral de El Caracazo desde el Senado luciera imponente para calificar los hechos y reajustar los ominosos signos de fatales desencuentros,

He recordado como nunca antes una expresión prodigiosa, cuando parecía zozobrar el primer intento de levantarse el cuartel, en labios del joven líder coronel que contenía la tragedia armada y generalizada con un “Por ahora”.

Con ella Chávez sabía que enfrentaba cárcel y exilio; y lo hizo, no obstante, en procura de evitar el sangriento y previsible choque armado y fratricida. Pienso que es en gestos como ese donde parecen anidar el carisma y la clarividencia de los líderes reales.

En fin, al sobrevenir los azares de la sucesión en el poder, ni con un Chávez ni con un Caldera, se han producido cosas inenarrables tales como una mediocre oposición que había ganado unas elecciones congresionales y las confunde con un referéndum revocatorio y emplaza y fija en seis meses el tiempo de permanencia del gobierno.

Desde ese error primario se desprendieron todos los demás errores para los desencuentros, como fueron las anulaciones recíprocas de los poderes públicos, al grado que un poder judicial llegó a disolver por sentencia, que apenas duró seis horas, la Asamblea Nacional devenida de la prueba electoral. En suma, un laberinto caotizante es lo que resulta de tantas sinrazones respectivas.

Y ahí nos encontramos; “se trancó el juego”, diría la lengua llana; nadie está dispuesto a ceder y se derramaron las solidaridades de los ámbitos ideológicos más diversos.

Una parte del poder mundial que logra en el cerco y asedio económico, el instrumento ideal para derrocar lo existente. Y ese poder que se resiste a ser derrocado buscando refugio en los entresijos residuales de una ideología declinante, paradójicamente emergente en lo económico, que ha alcanzado logros de crecimiento jamás imaginados.

El trágico umbral de las peores guerras parecería que se quiere hacer creer que puede estar llegando a Venezuela, como preludio de disputas globales. Todo un horror.

Y pudo evitarse de no haberse producido la torpe y siniestra fijación del plazo de seis meses para un gobierno legítimo, impidiendo que se produjera aquella expresión de Chávez, ya en el plano eleccionario, “está bien, ganaron la Asamblea Nacional, por ahora”.

Podría alguien entender que no se pueden simplificar cosas tan complejas citando errores y torpezas de determinados actores del drama, como aquél que se impusiera en aquella primera derrota del chavismo en elecciones parciales; un simple “Por ahora” hubiera servido de mucho, porque ocurre que sólo después de los sucesos, cuando se aumentan los peligros, es cuando se hace conciencia acerca de lo que debió hacerse y no se hizo.

Si Nicolás no hubiese sido intimidado con la atrevida exigencia de la duración de sólo seis meses de su gobierno, así como si Ramos Allup hubiese entendido que la victoria que alcanzaron no era un referendo revocatorio, sobre todo, si ambas partes hubiesen jurado con respeto y devoción su Constitución común, es más que seguro que se hubiese evitado este tremedal de desastres.

“Por ahora”, bien pudo decir Nicolás, confiando en que la profundidad de las reformas, la penetración de los esfuerzos de Chávez, resultaban irrevocables y que quien intentare en el futuro dejarlos sin efecto, entonces, sólo entonces, sobrevendría una revolución profunda, arrasadora, como fruto de una Venezuela rescatada de la condición de sumergida y llevada a la posición de paralela a la Venezuela “de los Cogollos”, “de la riqueza petrolera”, “de la expatriación de capitales”.

En todo caso, todo se reducía a organizar una vuelta al poder en el plazo constitucional, en términos más firmes de lo que ha sabido hacerlo el peronismo en Argentina, que todavía, maltrecho y dividido, sigue siendo un hemisferio de gran poder social y político.

Todo esto parece hoy ingenuo recordarlo, porque estamos frente a hechos cumplidos y se ve aparecer irremisible la fatalidad de una mala suerte que destruya a Venezuela.

El cuartel es el enigma y posiblemente podría ser el árbitro entre las dos Venezuelas paralelas de hoy, como lo fuera bajo el liderato de Chávez en favor de la sumergida, a la cual han estado dirigidos los recursos enormes de esa nación para recatarla de la injusticia social, el rezago y la pobreza.

Lo que no se ha cumplido del himno es “la unión de los compatriotas fieles” y ésto parece amenazar con hacer estallar la admonición final de “si el despotismo levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio”.

¿Comprenden ustedes porqué al conocerla me sembró un pálpito, hacia las incomprensiones trágicas y sus posibles consecuencias de muerte y desdichas? Que Dios ampare a Venezuela, sólo me queda decir.

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