EL VALOR DEL RECUERDO y II

Quedamos pues en que recordar es útil y necesario, siempre que se inspire en propósitos constructivos que sirvan de buena y sana advertencia a la sociedad para evitar la repetición de errores o, en todo caso, dotarla de los vitales elementos de buen juicio para que se decidan y se lleven a cabo las tareas de su progreso por obra de quienes le gobiernan.

Pretender despojar de esa fuente de conocimiento, que es la memoria viva, es una forma perversa de desarmarla y desorientarla, buscando su letal indefensión ante las tramas y emboscadas contra su propia supervivencia, como ocurre en nuestro exacto caso.

Hoy se observa cómo se procura imponer mediante delirantes afirmaciones y como una verdad de a puño que la sociedad está cansada hasta la postración porque ha sido víctima de la ineptitud pecaminosa de aquellos a quienes confiara sus destinos; que se hace desesperadamente indispensable transformarla con “sangre nueva”, ponerla bajo el amparo “del divino tesoro de la juventud”, porque “ya basta”. Esto se repite indicando que el fracaso de la clase política conocida es insalvable.

Lo irritante viene a ser que los componentes más agresivos de tal predicamento corresponden a un litoral estamentario decididamente culpable de las peores caídas del pueblo, atenazado por sus opulentos métodos y medios de dominio; algo que todavía no ha podido el pueblo identificar para poderle dar dirección a sus quejas y protestas, no tanto y exclusivamente como lo hace para emplazar a la gobernabilidad de los políticos, sino contra los mayores y más temibles intereses alojados en la real Gobernanza que siempre se sobrepone.

Es verdad que la desdichada indefensión no es solo nuestra.  En otros muchos pueblos se padece de ese malvado daltonismo que les impide identificar con puntualidad las causas mayores de sus daños.

Pudieron ustedes leer en la entrega precedente de La Pregunta, en el último párrafo de la misma, que planteaba a manera de suspense lo siguiente: “… hablar de un hombre ciego y viejo que pudo alcanzar el título mundial de ser “el más execrable de los hombres”; cuestionar acerca de qué pudo hacer en medio de tales circunstancias y sobre todo preguntarnos: ¿Y los jóvenes, qué hicieron después?“

Pues bien es mi deber hoy ofrecerles algunas explicaciones que sean capaces de ayudar su comprensión de ese complejo fenómeno del dominio de los pueblos a cargo de los más permanentes factores de poder, domiciliados en la torva Gobernanza.

En ese párrafo que cito se señala al “hombre más execrado del mundo” que fuera aquel espécimen de gobernante que reapareciera en medio de un escenario nacional estremecido y arrasado por acontecimientos fenomenales, como una guerra civil, que todavía tenía humo en sus fusiles y estaban roncos sus rencores fratricidas y una intervención militar extranjera, bajo artificioso palio multilateral, que pudo contenerlo todo, incluyendo la abolición de las estructuras institucionales del Estado casi en términos de hacerlo desaparecer.

Fue ahí y así cuando se apersonó aquel enigmático hombre en los umbrales de la ancianidad y gobernó veintidós años, descompuestos en dos períodos, uno de doce y otro uno final de diez, en medio de vicisitudes y conflictos de imposible descripción.

Yo le conocí, traté y serví desde el tiempo inimaginable en que las libertades públicas se abrían paso pujante y enardecido, a raíz de la desaparición de lo que llamara un prócer nacional en uno de sus libros luminosos “una tiranía sin ejemplo”.

Ocurre que cuatro años antes de yo nacer, mi padre, que no conocí, había anticipado y profetizado lo que vendría cuando se dirigió al Presidente de entonces, advirtiéndole a su mensajero que “se dejara de pamplinas”, que auspiciara las elecciones del año ’28 y se alejara de esas retorcidas y maliciosas interpretaciones, que le llevaban al error trágico de prorrogar de cuatro a seis años su período presidencial; que lo que vendría sería una tiranía sin nombre si persistía en jugar con la constitución. Fue más clarividencia que presentimiento.

Juan Bosch, décadas más tarde, desde un exilio prolongado, casi inacabable, al escribir su libro sobre “la tiranía sin ejemplo”, pienso que pudo recordar aquello que trascendiera como admonición cuando él era muy joven.

Lo había pronosticado “el abogado de renombre nacional” que le había señalado su padre al verle, en la carretera Duarte, cuando se acercara a ellos para ofrecerles ayuda, de ser necesaria, en ocasión de un trastorno del vehículo en que se desplazaban desde La Vega. El prócer que fuera Bosch confirmaba el vaticinio y describía sus durezas

“Tiranía sin ejemplo” o “Tiranía sin nombre”, que nos harían llorar lágrimas de sangre, obedecían a una convicción fluida y prolongada, derramada en el tiempo, recostada en décadas de represión y sufrimientos.

Traigo esa digresión para hacer un ejercicio de prueba del valor de las advertencias admonitorias para los pueblos enredados en sus interminables conflictos de poder político. Ahora cuando la admonición se hace en el presente se ha de hacer en medio de la omnipresencia de la Gobernanza, que todo el tiempo se abroga el derecho de establecer “qué se puede, o no, hacer”, “qué se debe, o no, hacer”, naturalmente, con la brújula de sus provechos insaciables.

El hecho es que aquel gobernante “execrado”, al volver al escenario, desde  un exilio breve y traumático, y de la “caverna anti histórica” fue el asombro y la abominación de “los nuevos tiempos”;  Así que tuvo que emprender cuanto hiciera desde cero en la obra de normalizar y reformular las instituciones apagadas y sofocadas por la intervención militar extranjera; por ello la descripción de todos sus esfuerzos resultó siempre, denigrante, ofensiva, despectiva, bajo las imputaciones insultantes peores, en medio de violencias criminales inconcebibles.

Jamás se admitió que tenía mucho qué ver ese estado de cosas con las fuerzas huracanadas de la inercia de los propios sucesos históricos que conmovieran al mundo en medio de un contexto de guerra fría y de beligerancia dominante de las ideologías; las cuales resultaban lógicamente ariscas y desestabilizadoras de todo esfuerzo que no estuviera comprometido con el ideal del “cambio revolucionario”.

Indudablemente se trató de un estado de necesidad asombrosamente generalizado que sólo aquel hombre sereno, profundo, imperturbable, podía asumir para darle forma y estabilidad a aquella transición que, apenas hacia un lustro, él había contribuido a hacer en una forma decisiva y que fuera interrumpida por violentísimos desencuentros y sinrazones. Quizás esas cosas fueron determinantes para que un Fidel Castro terminara departiendo amablemente en la residencia de aquel anciano ciego ya cuando estaban en camino de la leyenda.

De todos modos, el tiempo ya había intervenido como siempre en su papel de juez verdaderamente imparcial y las execraciones habían cedido, al grado de que terminaron por proclamarlo sus más implacables acusadores como “Padre de la Democracia Dominicana”; algo que viniendo de ellos había que recibirlo bajo beneficios de inventario incapaz de barrer con todas las inquinas y dicterios de las peores y más  airadas disidencias con que le acosaran.

Emergió y cegó en el poder, casi hasta cumplir el siglo de vida; su quehacer infatigable fue construir represas cruciales para el regadío, el consumo humano y la energía, así como el desarrollo de infraestructuras materiales formidables en caminos, viviendas, escuelas, hospitales, centros culturales, ofreciendo la nota sobresaliente de realizar todas aquellas colosales iniciativas dependiendo estrictamente del ahorro interno, repudiando en forma sistemática y considerablemente directa y abierta la idea del endeudamiento externo porque estaba dominado por la convicción de que éste era un camino tortuoso que podría conducir a la pérdida de la soberanía.  Algo que nos grita el presente y que para contarlo tendremos que llorar.

Todo aquello, sumado a una probidad y honradez personales que hacían horizonte, de tal modo, que se ha abierto paso aquel hombre en el reconocimiento público en retrospectiva, con mayor intensidad en las capas  de población más sumergidas, las mismas que en la hora de su inhumación le ofrecieran un tributo de duelo multitudinario y lloroso como no se ha conocido en la historia nacional.

Imagínense lo que fue, además, el conjunto de leyes destinadas a hacer justicia social con la tierra, es decir, afectando los peligrosos intereses de la tenencia en todas sus vertientes.

Fue entonces cuando estuve más cerca de aquella voluntad acerada para el cambio social que me llegara a revelar, años después, que esas leyes las trajo desde el tiempo de la Segunda República de España, y que había decidido darle vigencia seis años después de haber asumido el poder, cincuenta años después de traerla porque tenía una deuda moral impagable con los campesinos dominicanos.

Claro está, no tengo espacio para ponderar lo que pudo hacer aquella máquina de soluciones, ni es mi propósito hacerlo, porque lo que busco es entrar en los contrastes, en las comparaciones entre lo que fue su azaroso paso por el poder y lo que resultó ser su sucesión en las dos etapas: la del año ’78 por las “generaciones jóvenes y capaces” y sus “manos limpias” y la otra del año ’96, por obra de su decisión de coincidir con el prócer nacional que fuera Juan Bosch en el marco de un Frente Patriótico.

De las “manos limpias” y las “generaciones jóvenes y capaces” no es necesario detenerse a recordar pues la República tuvo la oportunidad de padecerlas hondamente; en cambio, lo originado como fruto de ese acuerdo nacional de dos dirigentes de la talla de Juan Bosch y Joaquín Balaguer está en dramático curso.

Todo ello sin computar los primeros cuatro años del siglo, que se podrían asumir como un evento mayor de características y consecuencias aun no evaluadas en su enormidad de desastre.

Lo decisivo resulta, en definitiva, saber que desde la Gobernanza y sus injertos en el tronco del poder se anda en procura de muñecos de porcelana parecidos a los ensayos que se han hecho en Estados de América del Sur, muy al sur. Es de esa emboscada de la que hay que ayudar a cuidarse y salir al pueblo nuestro, tan mal herido como esta.

Los hombres que han gobernado desde el partido de Juan Bosch tienen menos edad que aquel hombre “execrado” que se cita con fijeza en estas cuartillas.  Han tenido aciertos innegables que han sido reconocidos como sus luces; pero, han tenido desaciertos muy penosos también, especialmente en lo relativo al descuido en la protección debida al Estado nuestro en los huesos fundamentales de su esqueleto institucional: soberanía, autodeterminación, nacionalidad, identidad y territorio.

Finalmente, para poner este esfuerzo de hoy a la altura de las circunstancias que nos vienen abrumando, creo que a la República le está pareciendo que las desobediencias de aquellas luminosas admoniciones que se hicieran, a dos voces, de que “el camino malo quedaba cerrado cerrado definitivamente”, han sido compañeras de ruta de tolerancias y licencias bochornosas para el abuso de la normalidad constitucional, ilegitimando los pasos del inmediato futuro, ya metido en incertidumbres deliberadas.

De esa situación la Gobernanza quiere en su núcleo duro lapidar y separar de la vida pública nacional a los dos líderes de cabecera del partido de Juan Bosch.

De ahí el interés de resucitar el “Basta Ya”, “las generaciones jóvenes y capaces” y las ausentes “manos limpias”, apoyándose en el factor edad, sin ninguna consideración para el discurso, así como para el coraje y la determinación de servir al Estado y a la Nación lealmente, fueren las circunstancias que fueren, cuanto más críticas con mayor ahínco.

El VALOR DEL RECUERDO pues, reside en poder comparar las experiencias de poder entre nosotros y meditar a donde pueden ir las nuevas malicias y trampas.

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