EL VALOR DEL RECUERDO I

 No es una expresión de ocaso y decadencia cuando el recuerdo se puede utilizar para contrastarle con un presente tan apremiante y desquiciado como éste; cuando se recobra el recuerdo, no para dañar, sino para contribuir a rectificar errores en curso y para mostrar dónde pueden estar los charcos hondos que interrumpan el camino del pueblo, que debe de ser permanentemente advertido para hacer más llevadera su azarosa existencia cuando se le propone el espejismo de grandezas y felicidades, a sabiendas de que está bajo acoso feroz.  Lo irónico es que son las teorías de quienes lo han malogrado las que se ponen en marcha para confundirle, aún más, y le hablan de un bienestar posible, pese a estar tan plagado de privaciones y pobreza en su insomne mala suerte.

Así pues que recordar hechos y sucesos dañinos es una meritoria manera de servir y ello implica que las durezas mismas que puedan residir en esos recuentos del recuerdo no estén envenenadas por un encono rencoroso para zaherir.

Luz sobre nuestras desgracias para alumbrar ese camino y ponerlo a salvo de las disimulaciones perversas y de la hipocresía de los intereses conjugados, sepultureros de su suerte.

Utilizando esa herramienta del recuerdo constructivo fue cuanto me dispuse a hacer en las dos pasadas entregas de La Pregunta, y terminé con una reflexión final que explicara el porqué avanzaba esos dos relatos sobre el nacimiento, la fugaz vida y la muerte precoz de la Iniciativa Participativa Anticorrupción, es decir, del IPAC.

Hoy quiero resumir, más o menos, en las afirmaciones de más adelante algo que recoja la esencia de cuanto expuse, sin reproducir necesariamente las palabras.

Afirmé que aquellos relatos vivenciales eran un recuento testimonial vigoroso y veraz; que el IPAC había sido un esfuerzo notable que fuera yugulado por la dureza implacable de los intereses que recelaban de sus misiones; que cuanto buscaba era orientar la sociedad nuestra hacia la comprensión de la realidad de esa pérdida de aquel mecanismo de control y contención anticorrupción; que éste hubiese resultado excepcionalmente valioso, de no haberle tiroteado muy recién nacido como esfuerzo, tan vilmente desconocido cuando se bloqueó la posibilidad de hacerlo Ley de la República.;

Creo en la utilidad de hacer ésto así, ahora, cuando precisamente un trastorno tan manipulado como el de la corrupción administrativa ha venido a resultar tan primordial y  preocupante para intereses de índoles diversas, que aunque saben hacerse coincidentes para atravesarse en el camino de todo empeño de rectificación profunda de los peores hábitos de corrupción, tienen la habilidad de separarse para pontificar contra lo que ellos califican como incurable y detestable fracaso de las políticas públicas, poniéndolo a cargo de los responsables de las políticas de poder.

A esos intereses nunca le ha importado el predicamento que se esgrima en favor de alcanzar la “excelencia”, pues, temen que cuanto más válida resulte su dinámica, mayor sería su contrariedad y la perturbación de sus expectativas de vernos como Estado cada vez más hundido y arrabalizado en el desorden y las aberraciones del manejo y control de recursos públicos.

Aquel fracaso de la IPAC pienso que lo he señalado en forma puntual en su paternidad y que fue una muestra clara del interés de mantenernos en la condición de Estado colapsado; algo que les permitiría cumplir con sus fines inconfesables, destinados a nuestra destrucción, ya no sólo como Estado, sino en la propia consideración de Nación que hemos sabido sostener por casi dos siglos.

A todo ello hoy agrego lo pernicioso que resulta tomar ese trastorno como arma arrojadiza que se lanza contra todo lo que pueda parecer obstáculo a esas estrategias siniestras en pleno desarrollo.  De ahí el empeño de esos intereses de cuestionar, herir y menguar a la gente que pueda tener ideas generosas y honradas para comprometerse en tareas de corregir, rectificar y producir cosas que puedan instrumentalizar soluciones permanentes como lo fuera el fallido intento de hacer Ley el IPAC.  Fueron dos proyectos de ley los masacrados.

No hay dudas, pues, que en esta oportunidad, cuando rememoro el colapso, hago el uso del valor de los recuerdos, otra vez, como una manera de fortalecer mis reproches y señalamientos de culpabilidades de aquellos que procuran en las sombras ocultarse en forma taimada, aunque muy arrogante.

Hoy quiero hacer una prueba neta y sencilla de cuanto afirmo, tan sólo recordando algunas de las vivencias que pude experimentar en los viajes incesantes que hiciéramos con la compañía y el apoyo del valioso personal de la DIGEIG a muchas provincias nuestras para celebrar los encuentros comunitarios que se realizaban en los salones de las Gobernaciones provinciales.  Allí fue cuando me di clara cuenta de que el ensayo por socializar la idea de armar una estructura de afluentes que desembocarían en el río mayor del IPAC nacional, con sus diez mesas multisectoriales, animaba mucho, tanto al personal de enlace que se establecía entre nuestro organismo y la comunidad, como a los propios moradores de ésta, que parecieron siempre convencidos crecientemente del valor de esa especie novedosa de participación en el planteamiento de sus quejas y reproches, incluyendo la exposición de calamidades en los servicios públicos esenciales que pudieran obedecer a desinterés, ineptitud o malicia dolosa de los funcionarios cercanos responsabilizados con labores y tareas constructivas y útiles para la colectividad.

Desde luego, en aquellos escenarios se ofrecían ocurrencias y episodios de todo género, esencialmente penosos, como por ejemplo la exposición de los grupos organizados en Junta de Vecinos en relación a la gravedad de la inseguridad pública y las interminables sombras de los apagones que afirmaban sentir como cómplices de atrocidades y terrores que aplastaban el sosiego de las familias.

Oir esas quejas tan generalizadas y serias nos llevaba a la necesidad de responder preguntas sensacionales provenientes de ese pueblo sumergido que en forma ruda entendía que era su desgracia obra directa del descontrol de la autoridad y de las riquezas del negocio eléctrico; daba cierta grima oir cómo en esos niveles se asociaba el lucro con la venalidad de la autoridad, el asesinismo rampante y la destrucción de la paz de la familia; eran  a veces exigencias verdaderas las que se procuraban porque el parecer de esa muestra popular convocada terminaba por afirmar que su infortunio era una derivación directa de un estado de corrupción insoportable.

Recuerdo en un encuentro en nuestra legendaria Azua de Compostela, trabajando en un centro cultural sorprendente que allí tienen, cómo algunos jóvenes se quejaban sobre esas cuestiones tan dolorosas, y llegaron a decirnos al conocer de nuestro proyecto esperanzador del IPAC, que pronto sería Ley y que parecía realizable, que por esas mismas no creían factible, ni viable, un examen público y contínuo del desastre.

Fue en esa ocasión cuando sentí más íntimamente que las tortuosas operaciones que encierra el negocio eléctrico, que estarían a la cabeza de la resistencia a esa ley que podría exponerles a responder directamente al pueblo, no ya tan sólo de sus penurias tradicionales del apagón, sino de las dimensiones de su codicia y provechos.

Quiero, con el recuerdo de cosas parecidas o similares a esa que cito, ir midiendo en retrospectiva las fuerzas que derrotaron aquel empeño.  Como se advierte, recordar esas cosas entraña durezas, pero salva al recuerdo la sanidad de los móviles que lo impulsan, que ahora, precisamente ahora, cuando estallan los grandes escándalos alrededor de aquel eje del descrédito, se comprende mejor cuánto nos falta para poder sobreponernos en esa desigual lucha entre el sufrimiento de tantos y la felicidad y riquezas de tan pocos; entre la indefensión del montón y la prepotencia y dominio de cúpulas vanidosas y torpes.

El momento es delicado, ciertamente, cuando se acentúan los signos en que aparecen pujos supuestos de superación, de cambio y modernidad “jamás vistos”, a su decir.

Se esparce una enigmática y muy ladina tendencia a persuadir a la sociedad toda de que no habrá soluciones verdaderas a los mayores y más crónicos problemas, a menos que se produzcan renovaciones generacionales drásticas, bríos juveniles, caras nuevas, porque todos aquellos que han participado en las bregas y luchas por alcanzar el poder y luego de obtenido por ejercerlo, han fracasado.

Se busca embaucar nuevamente invocando aquellos tiempos de las “generaciones jóvenes y capaces”, de las “manos limpias”, que ha tenido que padecer la República para su desencanto.  Aquella fase de la vida pública nuestra venía marcada por experiencias tremendas, tales como el derrocamiento ciego y brutal de un gobierno constitucional, la subsecuente guerra civil que sobrevino al cabo de unos meses y la aplastante intervención militar extranjera, que le diera rango de guerra patria, todo bajo el engañoso palio de la acción multilateral del organismo rector de las relaciones internacionales en la región.

Todo aquello, seguido con la aparición de un gobernante que pareció un fantasma de la prehistoria, salido del seno mismo de una dictadura de durezas inverosímiles que terminara por tragarse la historia; en el tiempo de la guerra fría y del equilibrio del miedo de las superpotencias que ya tenían el poder destructivo suficiente para desaparecer la humanidad toda de la faz de la tierra.

Díganme, amables lectores, si la intensidad terrible de aquellos tiempos pudo ser o no ser escuela para entender todo cuanto había de hacerse en procura de algún sendero hacia el progreso, para corregir y enmendar los horrores padecidos y buscar con la desesperación de un buzo ciego el estado de derecho anhelado.

Pero bien, para poder describir la singular situación nuestra de aquellos tiempos habré de necesitar de otras entregas.  Intentar en ellas una descripción a grandes rasgos de los tiempos que sobrevinieron; hablar de un hombre ciego y viejo que pudo alcanzar el título mundial de ser “el más execrado de los hombres”; cuestionar acerca de qué pudo hacer en medio de tales circunstancias y sobre todo preguntarnos ¿Y los jóvenes, qué han hecho  después?

Veremos si alcanza La Pregunta a esbozar siquiera esas cosas inauditas de entonces.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s