EL CURRICÁN DE BRASIL

En cuatro entregas precedentes de La Pregunta que podrían reexaminarse en este blog, puse empeño en destacar la cuestión del uso generalizado y masivo de la “Delación Premiada” como medio de prueba en el insólito Caso de Odebrecht.

Y en efecto, en ocasión de la condenación de Luis Ignacio Lula Da Silva en uno de cinco procesos existentes, volví a meditar sobre el tema y voy accediendo a la convicción de que la “Delación Premiada” existente en el ordenamiento jurídico-penal brasileño ha venido a resultar un filoso medio de prueba, capaz de surtir efectos devastadores, tanto en el ámbito público y su sistema de partidos políticos, como en el ámbito privado con sus innumerables aberraciones de codicia de sus sectores.

Tenía la convicción, más que el presentimiento, de que vendría esa condenación como umbral de otras más graves relativas a los otros cuatro procesos criminales pendientes de culminación.  Naturalmente, nadie estaba en condiciones de prever y medir la realidad de sus alcances, aunque se columbraran sus efectos posibles como daños incalculables.

Muchos creen que basta declarar la ocurrencia penal como “persecución política por un medio judicial”; otros agregan que, de no hacerlo así, nada ni nadie impediría la elección de aquel hombre público de importancia mundial como presidente de Brasil en el proceso electoral del año 2018.

Admito que tales afirmaciones son sólidas y tienen el encanto de convertirse en una especie de “lugar común”, pero con una enorme fuerza de persuasión colectiva.

Sin embargo, asumo que existen muchas otras implicaciones como causas profundas de resultados colaterales, que todavía no han sido revisadas y explicadas plenamente a los pueblos de Latinoamérica.  Que éstos podrían resultar privados del conocimiento de esas causales y de la índole misma de sus consecuencias, por lo que en La Pregunta me permití explorar tal urdimbre, mediante el examen del fenómeno procesal penal, identificando como instrumento judicial aplicado ese mecanismo de la “Delación Premiada” de Brasil.

Me impactó mucho, al principio, la condena precoz, casi abrupta, del presidente de aquella colosal empresa constructora, la mayor de América Latina y una de las más importantes del mundo; Marcelo Odebrecht fue juzgado y condenado con severidad sorprendente a diecinueve años de prisión, como habrán de serlo setenta y siete de sus funcionarios dependientes, cuyas condenaciones diversas se ven venir en cascadas, luego de muchas “Delaciones Premiadas”.

Quedaba así la cabeza de aquella entidad sujeta a la oprimente coacción del largo castigo penal, a menos que se desplomara y pasara a señalar a otros, como una manera de aligerar su desgracia.  Y éste puede ser el talón de Aquiles de los fallos desprendidos de esas intraacusaciones entre co-autores.

Todo aquello llevó a decir a Emilio Odebrecht, padre de Marcelo, que si se llegaba a condenar a su hijo habría que construir una cárcel tan grande como el territorio de Brasil para poder alojar a la infinidad de responsables de las prácticas corruptas, las cuales, según se sostiene, son perseguidas sólo obedeciendo al objetivo de una punición basada en “elevados principios”.

Así que fue ese sismógrafo de Emilio Odebrecht el que anticipó el terremoto, y en cierto modo se quedaba corto, pues no pensó en la irradiación del desorden criminal hacia otros diez Estados de América Latina, incluso uno que otro de África.

Me ocurre que muchas veces hago uso de conocimientos sencillos de la vida diaria para poder abordar y explicar cuestiones complejas de ese mundo inextricable de la cuestión penal.  Pensé en la pesca y me dije: En todo ésto hay una supra-idea estratégica y multidireccional del uso del curricán, que según lo define la Real Academia de la Lengua Española es:  “Aparejo  de pesca de un solo anzuelo, que suele largarse por la popa del buque cuando navega.” 

Me imaginé  a Brasil  como un enorme  barco y de su poderosa economía  pude ver a Odebrecht y el estatal Banco Nacional de Desarrollo de Brasil (BNDES) como dos anzuelos colosales que podrían, durante años, atraer la atención y el interés de la clase política y de parte del empresariado de Brasil, así como ocurriera casi a escala mundial.

El tamaño de los peces que pudieran morder en esos anzuelos era insospechable; terminarían por ser presidentes, expresidentes, ministros, directores generales, empresarios de extrema importancia en distintas naciones.  En fin, todos aquellos elementos que concurren o pueden concurrir a grandes negocios públicos como son las obras que se precisan y se emprenden bajo el convencimiento de que, en definitiva, no resulta pecaminoso dejar de recelar de las sobrevaluaciones, que pueden llegar a ser escandalosas de hasta un 22% de los costos propuestos para las normas de licitación, que fue el caso generalizado, según se ha visto en varios paralelos del planeta Tierra.

Ahora bien, llegó un tiempo en que el barco gigantesco que fuera Brasil, en todos los sentidos, comenzó a preocupar por sus cursos y derivas en la navegación; cambió de océano y se fue al lejano oriente a empalmar su economía con economías emergentes importantísimas; de allí surgió el fenómeno que según ha parecido vendría a sustituir el viejo y caduco orden de los negocios mundiales.

Reaparecía así el siniestro dueto de comercio-guerra que ha sabido estremecer la historia en todas las épocas.  Fue allí donde se mandó a detener el barco y a recoger el curricán.  ¿Cuáles son los peces gordos que han aparecido?  Lula, Dilma, Temer, Cunha, Partido de los Trabajadores, decenas de legisladores, así como poderosas expresiones empresariales de los mares de Brasil; en las otras latitudes Ollanta Humala, Nadine Heredia, Alejandro Toledo, Alan García, Glas, Santos, Zuluaga, Maduro-Cabello, Calderón, y otros marlins argentinos por ser identificados; en cuanto al Caribe sobresalen El Mariel, pendiente de descifrarse, y la República Dominicana con su misteriosa muestra de Sirena que resultó Catalina.

En fin,  peces gordos de todo tipo, incluyendo la posibilidad de complicaciones hacia el norte en las líneas de conspiraciones licitatorias de pesados tiburones blancos de la energía norteamericana tropicalizada por estos predios, bajo lupa estricta de control a cargo del organismo que vigila las prácticas de sus empresas en el exterior, como las de aquellas que participan en Bolsa.

Pero bien, parecería lo anterior un ejercicio divertido o banal, casi como si fuera una ocurrencia irónica de bajo contenido.  Y no es así.

Basta con pensar en el crecimiento descomunal de la empresa-marca que llegó a ser Odebrecht con el respaldo del crédito fácil y rápido que ofrecía un banco del Estado, que hizo las veces de segundo anzuelo, que también parece atrapado en los sucesos y lo mucho que ofrecían a los gobernantes como atractiva tentación de construir de inmediato bajo técnica impecable, en lo que parecía ser el paso arrollador de una nueva potencia en América, situada en su Sur más extenso.

Odebrecht se desarrolló, en verdad, como un Estado paralelo de la construcción y alcanzó fama realizando grandes obras, entre ellas aeropuertos internacionales, nada menos que en la exigente y eficaz potencia del Norte.  Ahí los anzuelos suelen recibir una electricidad especial capaz de levantar los peces, decididamente muertos.

Y la fascinación seguramente no fue de gobernantes y empresarios codiciosos, sino de las propias e importantes firmas asociadas que fue reclutando como partner la macroempresa en cada nuevo escenario, para quienes trabajar junto a aquel coloso resultaba un alto honor.  Esto independientemente de los provechos naturales de sus precios, que no tenían necesariamente que ser compartidos ni maquinados con esos asociados, como cuestión previa en los tiempos de las gestiones oscuras, dado que éstas estaban sobreaseguradas bajo los vastísimos planes de desarrollo de aquel  gran poder del Brasil emergente.

Pero, el crimen vino a resultar el percance cuando nadie sospechaba que desde aquel barco esplendoroso podrían estar colgando en sus anzuelos las odiosas sobrevaluaciones, los sobre-diseños preciosistas, los sobornos incontenibles a cargo de un departamento cuasi ministerial que manejaba las operaciones de éstos y la penetración desquiciante en las licitaciones por medios increíblemente estructurados.

Entre nosotros pasó a ser todo aquello excepcionalmente negativo y pasmoso, pues, no sólo quedamos en tercer lugar en los niveles de sobornos, sino que sobrevino una implicación institucional delicadísima que sólo la magia de un prestidigitador y arquitecto formidable de la publicidad, de fama mundial, pudo llevar a cabo con éxito.

Valdría decir todo lo anterior que sólo la fascinante presencia de un Joao Santana, cargado de laureles, estaba en condiciones de darle apoyo a los proyectos, claro está, contando con las muletas prodigiosas de Odebrecht, sobre todo prevalido de la notabilidad de aquel mago del marketing, que había hecho hazañosamente a dos presidentes en Brasil, aunque se resguardó muy bien, según se ha visto, para alcanzar una pena mínima como Delator Premiado en su encantador Brasil, ahora tan dañado y estremecido por escándalos inconcebibles.

Goebles y su imaginación insondable, no solo sirvió para la propaganda justificadora del régimen nazi, sino que influyó enormemente en los desvaríos del envanecimiento delirante del líder, hasta llevarlo a la comisión de errores espantosos.  Desde luego, ésto dicho, guardando rigurosamente las distancias.

El hecho es que la obra de demolición constitucional entre nosotros fue al parecer lograda en la seguridad del triunfalismo de este marinero importantísimo del buque Brasil, que sirviera para esparcir la seguridad de que todo sería provechoso, incluso la satisfacción de los deseos de su amigo el Expresidente Lula, cuando en febrero del año ’13 reveló en acto público que “cuatro años eran muy poco para un Presidente que, como el nuestro, tenía tanta aspiración de trabajar”.  Esto dicho aún en presencia de la prohibición de la reelección en la Constitución nuestra, que para el malabarista de la publicidad posiblemente no constituyó preocupación de ningún género.

En efecto, el plan del arquitecto de la demolición institucional era perfecto, sobre todo, porque él estaba seguro de la fuente fabulosa del financiamiento que vendría adornado por innegables obras de progreso, aunque envenenadas en su licitud.  Todo pareció factible, aunque pienso que el propio Presidente nuestro, que hoy la calle reclama para juicio criminal, según diseño de una Ong cimera ya puesto en marcha, consideró que había la necesidad de rebajar unos 300 millones de dólares del precio de aquella subasta, tan perturbada por circunstancias muy trastornadora; exigencia ésta acompañada de la amenaza de no firmar el contrato final.

El embrujo de Joao Santana es previsible que se impusiera ante todo obstáculo y se encargara de tranquilizar toda alarma bajo el grito de “a toda marcha aprovechemos la buena mar”.

Sólo que le esperaban las rejas, una vez se levantara el curricán.  Y no es descartable, en última instancia, que él tuviera una participación más siniestra, más allá de la Delación Premiada de Lula y Dilma, que eran en definitiva los peces mayores del curricán.

Hemos seguido la estela de navegación y los sucesos de la detención del inmenso barco curricanero y en ocasión de todo esto pienso que talvez nos ayude a aprender cómo recibir amargas y profundas lecciones que, a no dudar, resultarán indelebles.

Quizás lleguemos a comprender, además, que sigue siendo indisoluble el trágico matrimonio entre el comercio mundial y las guerras de todas las intensidades que ha sufrido la humanidad en su mar de sombras y escurridizas verdades.  Ahora bien, trato el tema y creo salvada mi conciencia porque en una oportunidad muy próxima a aquel tempo, consultado para otra situación energética diferente, me permití limitar mi opinión a esta breve y sincera admonición: “Señor Presidente, cuídese del negocio eléctrico, que sabe generar mucho escándalo”.

Desde luego, todavía no parecía oírse el canto de la Sirena de Catalina, que hoy se muestra como látigo para el azote de agresivas y traicioneras maniobras de una Geopolítica implacable que busca privar de defensa en forma rotunda al Estado nuestro.

Aguardemos, pues, que sea el tiempo una vez más quien nos muestre las razones de esta catástrofe.

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