PATRIA ÚNICA

No existe otra tarea más execrable que la de intentar la reinterpretación de la historia de su pueblo, no para orientarle hacia lo mejor, sino para destruirle la mística de la patria, como el eje que durante casi dos siglos le ha venido dando albergue a todos sus sufrimientos, su denuedo, sus sacrificios, sus alegrías y sus tristezas, bajo el marco del idealismo y el arrojo de quienes la forjaron con irrepetible consagración.

Es horrible la idea de ponerse al servicio de intereses oscuros del extranjero para buscar establecer una postverdad, alternativa y retardada, de esa historia que ha recogido y aluvionado todos esos valores de mención, despreciando las muchas y calladas abnegaciones que tiene en sus bases y raíces.

Han pretendido restar todo valor y significado a aquello para terminar afirmando, sin ambages, que no creen en una patria de muertos, porque la verdadera patria es la de los vivos;  ellos creen que resultan capaces de  amortajarla y zumbarla al tiempo de fundar nuevas y fascinantes realidades,  conforme a los más brillantes requerimientos del elevadísimo humanismo que hoy impera.

Todo como si se tratara de un salto cualitativo hacia la civilización de los nuevos tiempos; como si éstos no fueran lo que son, tan plagados de guerras mortíferas, incertidumbres y presagios con fuerza de señales apocalípticas.

Nuestro caso ofrece mejor que ningún otro la oportunidad más neta de enseñar hasta dónde pueden llegar las injusticias de una Comunidad Internacional cancerizada, sobre todo cuando logra acompañarse de traiciones domésticas y conjurarse contra nuestra sagrada independencia, tan abonada como ha sido por el estoicismo valeroso y silente de legiones de sus hijos y de sus hijas heroicos y martirizados hasta llegar a ser leyenda gloriosa.

Hubo una expresión en el principio que para mí siempre ha sido la  anticipación de lo que deberíamos ser, que fue aquella pronunciada por nuestra mártir suprema María Trinidad Sánchez, a pocos pasos del patíbulo: “Cúmplase en mí tu voluntad, Señor, y sálvese la República”.  Eso pudo estar como lema nacional en nuestra gloriosa bandera.

Desde luego, preciso es reconocer que la traición apareció desde el principio; sólo que, ahora, se hizo anciana aunque más peligrosa, en tiempos muy  borrascosos de la humanidad; cuando ha contado con aliados jamás resentidos para llevar a cabo la demolición de aquel sueño inmenso de independencia y libertad, que hoy se expone al ahogamiento en este tremedal de consumismo, droga epidémica y de violencia criminal, que como crepuscular caldo de cultivo sirve a las peores disoluciones sociales.

Ha sido el relativismo que abate las costumbres y concepciones de principios tenidos como pilares de sustentación de la familia el responsable de corroer  todo cuanto pueda servir de argamasa y escuela al ideal de soberanía, de integridad territorial y autodeterminación que durante tanto tiempo supimos enarbolar abriéndonos paso en el tormentoso seno de la Comunidad Internacional, tan minada siempre por el egoísmo arrogante de una Geopolítica devoradora que hoy abruma y agrede nuestra dignidad en medio del ejercicio y aplicación de letales fuerzas de intervención, veladas o abiertas.

Su siniestro objetivo ha sido el aplastamiento de nuestra población; que todavía reza, que sigue trabajando impulsada por su buena índole, que tiene modos y costumbres muy diferentes a los que se le busca implantar; algo que va desde horrorizarse por la defecación bajo el sol en la vía pública, hasta el endemoniado ceremonial del vuduismo y el dominio aberrante de un animismo sincrético de contracultura .

El tiempo actual ha sido, pues, un aciago asidero de esos intereses conjurados  de la Geopolítica, el Crimen Organizado y la codicia lucrosa del alto comercio, para los cuales, obrando en paralelas y sin necesidad de acuerdo explícito y previo, resulta imprescindible deformar y destruir nuestra versión de Estado-Nación, mediante el arremolinamiento con aquel caos demográfico que es y ha sido durante siglos percance y preocupación de las naciones, pese a la fama gloriosa de su liberación, tan ebria como estuvo de rencores étnicos que llegaran a asustar a no pocos pueblos importantísimos de la tierra.

 

Ahora, al final, debo hacer un paréntesis e internarme en una corta digresión destinada a señalar una muestra de postverdad y reinterpretación de la gloria originada en otras latitudes de nuestra América.

Se trata de una ultrajante exhibición de irrespeto,  de audacia e ignorancia de un Ex Jefe de Estado del Perú que quiso despreciar el vigoroso movimiento bolivariano que encabezaba Hugo Rafael Chávez Frías en Venezuela, ya en el poder, luego de haberse recrecido al reconocer un resultado de Referéndum desfavorable en cuanto a la modificación de todo el sistema económico y social, tratando de establecer el socialismo del Siglo XXI con todos sus enigmas.

La envidia, quizás más bien un encono puesto al servicio de la ira de los poderes de la tierra, llevó a aquel  Jefe de Estado peruano a decir: “Todo ésto es una ridiculez en cuanto a invocar a Bolívar con tanta insistencia engañosa; y en todo caso Bolivar no es de este tiempo.  Bolívar fue del tiempo de la navegación a vela”.  Esto dicho en una tierra que fuera uno de los dedos de aquella mano de independencias que conquistara el Libertador.

Tan indignante atrevimiento me llevó a pensar que aquel energúmeno desconocía el valor de la historia y que, a no dudar, resultaba bien capaz de despreciar al propio Cristo, por lo primitivo que era aquel tiempo en el que fuera sacrificado, desnudo y sangrante, junto a ladrones, para denigrarlo por muerte vil, como se hacía entonces.

Pero bien, el hecho es que las grandes lecciones y verdades de la historia, según se puede advertir, están siendo agredidas desde las peores expresiones del poder mundial bajo la máscara de la ominosa globalización y el uso perverso de la postverdad que le viene sirviendo de ariete para derribar esa patria única que tanto desprecia.

Por ello me reafirmo en que el fenómeno del dominio no sólo se pone de relieve contra nosotros, sino que viene obrando a escala mundial en muchas otras partes de la tierra, aunque los efectos dañosos no sean idénticos para todos los pueblos sometidos a sus vejámenes y ofensas.  Lo nuestro es cuestión de supervivencia y desaparición como trágico dilema.

La Patria ha de ser única.  No se debe sobrevivir y sólo puede ser víctima de aquellos despreciables agentes de la traición.  Verdaderos pigmeos incapaces de oir y retener aquel pensamiento del Padre Fundador: “Nuestra patria ha de ser libre de toda potencia extranjera o se hunde la isla”.  Súmese ese énfasis a la oración de María Trinidad, momentos antes de ser fusilada y entonces se podrá entender la magnitud del crimen de lesa patria que está en curso como desgracia terminal de un pueblo, más generoso que pequeño como el nuestro.

Aguardemos, pues, lo peor y sabremos otra vez revelar la vocación ingente por nuestros sacrificios.

 

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