El Testigo de la Reina IV

Preciso es repetir, en esta consideración final sobre el tema, que es muy escabroso como mecanismo probatorio, tenido como está, como allanador de dificultades indagatorias.

En esta cuarta y última entrega busco destacar sólo algunos otros rasgos de su complejidad planteando cuál puede ser el curso de la investigación cuando la delación se origina, no ya en las revelaciones de co-autores y cómplices, sino cuando es el propio acusado principal quien las hace, naturalmente, buscando benignidades para su suerte.

Lo que resulta aconsejable admitir, parece ser, es que se está en presencia de una confesión sustancial, por su fuente, que hace suponer que el caso puede quedar resuelto plenamente y agotadas todas las dificultades probatorias del juicio.  Y ésto puede no ser así necesariamente, porque existan un trasfondo y una urdimbre que buscan producir catástrofe para el sistema de partidos políticos a nivel continental, al tiempo de asegurarse conveniencias en el comercio mundial, amenazado como está con las economías emergentes que va ofreciendo el desarrollo global.

En técnica jurídica se podría sostener que la suerte de lo principal arrastra todo lo secundario, vale decir, a los co-autores en sus diversos grados de intensidad, hasta llegar al plano mismo de la complicidad; pensar con ello que se puede aniquilar con esta revelación fundamental del autor principal todos los alegatos que  pudieren esgrimir co-autores y cómplices y suponer que ya éstos no tienen una significación propia en la investigación, como consecuencia de que aquel autor principal “hizo el trabajo” al develarlo todo.

Pero, ocurre que la responsabilidad penal es esencialmente personal y podría surgir, en un caso dado, que el cómplice, como el co-autor, no admitan lo afirmado y confesado por el autor principal, en cuanto a ellos concierne.

Basta esbozar un conflicto probatorio de ese nivel para comprender hasta dónde ese “negocio de la acción pública” bajo la dirección del titular del Ministerio Público, se ensombrece y llega hasta a hacerse sospechosa, cuando no muy frágil, su respetabilidad, al colmo de que en los hechos históricamente se han visto formarse verdaderos “mercados persas” de recriminaciones, imputaciones y culpabilidades.

En los últimos tiempos he estado revisando la doctrina más actual sobre la prueba y encontré un libro de coordinación de más de una decena de ensayos de profesores, abogados y autores argentinos, todo bajo la coordinación de Marcelo Sebastián Midón, en el que aparecen afirmaciones como ésta de Genuzio Bentini, en la introducción del libro de Luiggi Battistelli, La Mentira ante los Tribunales: “La verdad, la legítima, jamás es aquella que se conoce.  Me he convencido de que la verdad no entra en la sala de los tribunales, ni tampoco en pleito célebre alguno.  Ella se ha quedado siempre en las escaleras o en la calle”.

Ahora bien, en el sistema acusatorio de la justicia rogada, que actualmente nos rige en lo penal, el juez de fondo tiene una pasividad estructural que lo hace parecer un testigo de piedra, tercero imparcial; una especie de jurado personal, o de tres, considerablemente inermes ante la ventolera de alegatos de las partes diversas del proceso penal.

Al estar precedido éste  por la investigación abigarrada donde participen “testigos de la reina”, el juez quedará muy a merced de las habilidades y argucias de las tribunas, sobre todo para poder escudriñar la verdad acerca de donde provienen los designios y móviles ocultos de esas delaciones premiadas y hasta dónde puede conducir ese laberinto de intereses apasionamente enfrentados, que conforman el juicio penal, más cuando amadriga consecuencias políticas de gran calado.

En el caso más espectacular en la actualidad del mundo de hoy, ya lo denominan “Lava Jato – Odebrecht” y los aportes esenciales originarios para emprender el camino hacia el juzgamiento, los ha entregado la autora principal cuando tiene 77 de sus ejecutivos fundamentales bajo prisión, incluyendo a su Presidente, que han decidido convertirse en un coro de “testigos de la reina”, que naturalmente en la especie resultan muy efectivos, porque entre los exponentes de la inconducta delictiva de la macroempresa, el soborno resulta predominante.  Y éste está reservado para producir efectos demoledores en el ámbito de la política, produciéndose con ello un extraño balance acusatorio como lo es el hecho de que los beneficios obtenidos por sobreprecios, amañamientos de licitaciones e irregularidades de todo tipo, pasan a depender esencialmente de esa columna de hierro que es el soborno.

No hay dudas de que el soborno es una infracción convenida entre dos o más conjurados, obrando en paralela con similitud en la participación, lo que hace más fácil su esclarecimiento.  Desde luego, ésto sin que se olvide que se perpetra con el propósito de desvanecer la fiscalización rigurosa de las anomalías de ventajas y beneficios ilícitos que constituyen el objetivo fundamental de quien soborna.

El caso es que nosotros estamos en el umbral de macros juicios en otros Estados del mundo.  Lo prudente es retener que la historia está en curso y que va a resultar monumental la experiencia probatoria por esas implicaciones transnacionales, impregnadas de matices financieros y bancarios, casi inescrutables y, sobre todo, porque sobrevendrán las conductas de otros Estados en cuanto a ordenar y llevar a cabo auditorías, no sólo financieras, sino técnicas, para poder cuantificar las magnitudes de las exacciones.

La realidad es que el tema sólo se podría agotar escribiendo un Tratado para poder abarcar todas las infinitas implicaciones que tiene esa excitante cascada de “testigos de la reina”, “delatores premiados” y acusados que habrán de procurar aligeramientos en su castigo señalando a otros más, que pueden estar al momento del juicio fuera de sus alcances.

Razón sobrada tiene la cita precedente y eso la hace digna de ser repetida: “La verdad, la legítima, jamás es aquella que se conoce.  Me he convencido de que la verdad no entra en la sala de los tribunales, ni tampoco en pleito célebre alguno.  Ella se ha quedado siempre en las escaleras o en la calle”.

Aguardemos, pues, este enorme episodio de la vida nacional, que tiene dimensiones tan potentes, precisamente porque habrá de retroalimentarse y energizarse con la experiencia común de decenas de juicios idénticos a escala mundial.

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One thought on “El Testigo de la Reina IV

  1. “La verdad, la legítima, jamás es aquella que se conoce; ni entra a la sala de tribunales, ni tampoco En pleito célebre alguno; Ella se ha quedado siempre en las escaleras o en la calle”. Al amparo de los acuerdos de aposento… (Me permito agregar)… Total… que es la verdad, sino… una serie de elementos conceptuales que les son convenientes a uno que otro actor de la gran trama… (La vida)… por lo general a quienes mueven los hilos del poder. Tranquilos que eso va… pero no viene…

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