Un Laudable Trastorno

Parece un contrasentido que un trastorno resulte laudable.  Esa es la apreciación primaria que cabe, porque ambos términos encierran contradicciones aparentemente invencibles, a menos que la apreciación que se haga del fenómeno resulte capaz de mostrar en forma convincente que el trastorno, pese a su connotación conflictiva, puede tener efectos laudables a mediano y largo plazo.  El “no hay mal que por bien no venga” que menciona la gente corrientemente.

He estado meditando en los últimos tiempos, como nunca antes, acerca de la corrupción generalizada, abarcante, total, que viene azotando al mundo, pudiendo comprobar que en los países de ultradesarrollo, donde se suponía que ese fenómeno nefasto había sido suprimido por efecto del nivel civilizatorio logrado, hay estremecimientos por sus escándalos.

Ciertamente, al explorar el mapamundi de la corrupción se advierte que hay países  avanzados, algunos que fueran cabeza de imperios en otros tiempos, que hoy parecen ser extensas salas penales; es decir, que su institución judicial está trabajando, aunque con morosidad reprensible, para producir castigos, incluso, dando muestras de que la ley puede llegar tan lejos como para cazar las felonías de las alcurnias más rancias.

Desde luego, en esa cosmovisión, en las áreas mayores del subdesarrollo, hay la necesidad de apreciar también cómo se van sesgando los reproches hacia determinados sectores, al tiempo que otros quedan, si no excluidos, bien disimulados como para que los apercibimientos penales les pasen de largo o no los tomen en cuenta con la precisión debida.

El campo de tiro al blanco más excitante resulta ser el ámbito de la política y el sector público.  Hay una enorme campaña, a gran escala, destinada a asediar y perseguir a aquellos hombres correspondientes a partidos políticos que han merecido el apoyo y la confianza de sus pueblos, que luego no han tenido ninguna dificultad para descuidar deberes esenciales de vigilancia y control sobre las conductas de los servidores públicos y el manejo sensitivo de los recursos de los mismos.

Ocurre que la experiencia que se está desarrollando en el mundo adolece, además de esa tara fundamental, de otra que consiste en no admitir que las desviaciones de conducta en los sectores públicos en su inmensa mayoría son compartidas con los llamados sectores privados, resultando ésto ahora peor que nunca, porque han llegado  riquezas desde litorales ilícitos, fundadas en un mar de sangre y de lágrimas, que se han incorporado en forma tan perfecta que va resultando inútil pretender separar “la paja del grano”, lo licito de lo ilícito.

Como se advierte, es un fenómeno que está siendo apreciado en forma defectuosa, el de la corrupción, porque los análisis están muy contenidos y sesgados por los intereses dominantes del mundo.  Se trata de la llamada Gobernanza que sólo a regañadientes se ha venido reconociendo como más potente y aplastante que la frágil y acosada gobernabilidad del proceso político.

Ahora bien, ha ocurrido en América Latina una experiencia criminológica excepcionalmente significativa, porque se trata de una estructura diseñada y destinada a organizar, programar y desarrollar fraudes, de todo género, en la sobrevaluación de  obras, en la inidoneidad de licitaciones, en el apoyo a procesos electorales de distintos niveles, que se supo hacer transnacional, transcontinental, de tal modo, que la empresa que desarrollara esa estructura de soborno y corrupción, sin proponérselo, ha terminado por hacerle un bien enorme a gran parte del mundo, porque ha servido para desenmascarar una clase política permeada por las peores tentaciones de provechos, naturalmente amparada por una masa gris de apoyo político-empresarial que ojalá pueda ser bien definida y señalada para que los resultados favorables de un saneamiento posible pudieran ser, no sólo justos, sino útiles para el posible camino del progreso por emprender en tantos pueblos que han padecido esa letal leucemia de la corrupción.

Odebrecht, lo vimos en la experiencia dramática de Brasil, aportó los ingredientes necesarios para que desde su concepción empresarial criminosa pudiese llevarse de encuentro, no sólo Símbolos, Íconos, Partidos Políticos, Presidencia, Congreso, sino también porque supo irradiar toxicidad suficiente para envenenar el aprecio público de múltiples pueblos por la gente que les ha gobernado o les gobierna, tanto de un sector como del otro.

Cuando esas cosas se logran percibir en esas dimensiones y magnitudes se puede ir pensando que, si no se frustran los castigos, las sagradas persecuciones del estado de derecho, los pueblos podrían comenzar a sentir que sus esperanzas en el porvenir dejarían de ser irracionales.

Según se advierte, pues, el título de estas cuartillas no es desacertado, ni un estrambótico juego de palabras.  Es algo que más bien obedece a la lógica rigurosa que exige la verdad al análisis para quedar bien establecida.

Tal es el dilema.  Todo será estupendo, si se hace justicia.  Todo será desgraciado, si la impunidad asume la impresionante potencia de la inmunidad y ésta se hace perpetua.

 

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